A 33 años del fraude del Washington Post con el Premio Pulitzer
Por Karina Borodnikoff IMPACTO LATIN NEWS“Un novelista puede ser amoral y no vacilar ante nada que le impida completar su obra, pues en la literatura el fin justifica los medios. Mas en el periodismo, ni el mejor de los fines justifica la inmoralidad de los medios”, sentenció el escritor norteamericano William Faulkner, Nobel de Literatura en 1949.
A pesar de la adhesión que declara la prensa en general, la posición ética marcada por Faulkner siempre resulta profanada. Ni siquiera, uno de los diarios más poderosos del mundo puede escapar a las tentaciones del fraude periodístico. En el año 1981, el Washington Post debió enfrentar un escándalo sin precedentes ocasionado por una de sus periodistas, que recorrió, sin escala, desde la cima hasta el subsuelo de la fama, con el premio Pulitzer menos prestigioso de la historia.
La joven periodista Janet Cooke ingresó al Washington Post a mediados de los años setenta. Sus destacadas credenciales le aseguraban una carrera de luces y reconocimiento. Nada podía levantar la más mínima sospecha de lo que sucedería unos años más tarde.
El 28 de septiembre de 1980, Cooke publicó un artículo en la primera plana del Post: “El mundo de Jimmy”, en donde expuso en detalle la vida de un niño de ocho años adicto a la heroína.
Estos son los primeros párrafos del artículo en cuestión:
“Es un niño de 8 años, adicto a la heroína. Un niño precoz, con pelo abundante, ojos aterciopelados y con marcas de agujeros en sus delgados brazos. Él es adicto desde los 5 años. Aun así hay una expresión angelical en su cara redonda y pequeña cuando habla acerca de su vida: ropa, dinero, los Orioles de Baltimore y la heroína.
El mundo de Jimmy son las drogas pesadas y el dinero fácil. Él cree en esa vida. Todos los días, los drogadictos le compran heroína a Ron, el amante de la mamá de Jimmy, en la sala de su casa. Ahí, se dan el “hornazo” en la cocina y se inyectan en los dormitorios”.
La calidad e impacto de esta publicación, no solo le permitió ganar el Premio Pulitzer el 13 de abril de 1981, sino que la sociedad quedó tan conmovida que la policía terminó actuando de oficio para encontrar al niño más buscado y querido de los Estados Unidos por aquellas horas. Esto sucedía mientras Janet Cooke se negaba sistemáticamente a revelar sus fuentes y el paradero de Jimmy.
Claro, cómo no hacerlo si este niño jamás existió. Todo fue producto de su imaginación, tal cual confesó 48 horas más tarde, acorralada por las sospechas, más que por la conciencia.
En las primeras horas del 15 de abril de 1981, Janet Cooke confesó el fraude e intentó atenuar su accionar responsabilizando a las fuertes presiones que recibía por parte del periódico que le daba trabajo.
Esta fue una de las peores crisis del que se supone que es el premio más importante que existe, en materia periodística. “Deberíamos haber hecho la selección de temas con mayor formalidad. Con toda seguridad seremos más suspicaces en el futuro. Algunos jurados ya han dicho que no considerarán las historias que no estén debidamente apoyadas por fuentes identificables”, aseguró en aquella época el Secretario de la Dirección de los Premios Pulitzer, Richard Baker. Pero el daño estaba hecho.
Cooke no opinaba como Faulkner o, si lo hacía en teoría, no estaba demasiado interesada en la práctica de un periodismo en donde ni el mejor de los fines justifica la inmoralidad de los medios.
Es oportuno recordar cuál fue la posición tomada por el querido escritor colombiano Gabriel García Márquez, frente a este hecho periodístico que vuelve a asomarse en cada debate sobre la ética y las condiciones de producción periodística:
“En todo caso, más allá de la ética y la política, la audacia de Janet Cooke, una vez más, plantea también las preguntas de siempre sobre las diferencias entre el periodismo y la literatura, que tanto los periodistas como los literatos llevamos siempre dormidas, pero siempre a punto de despertar en el corazón. Debemos empezar por preguntarnos cuál es la verdad esencial en su relato. Para un novelista lo primordial no es saber si el pequeño Jimmy existe o no, sino establecer si su naturaleza de fábula corresponde a una realidad humana y social, dentro de la cual podía haber existido. Este niño, como tantos niños de la literatura, podría no ser más que una metáfora legítima para hacer más cierta la verdad de su mundo.
Hay por lo menos un punto a favor de esta coartada literaria: antes de que se descubriera la farsa de Janet Cooke, varios lectores habían escrito a su periódico para decir que conocían al pequeño Jimmy, y muchos decían conocer otros casos similares. Lo cual hace pensar -gracias a los dioses tutelares de las bellas letras- que el pequeño Jimmy no sólo existe una vez, sino muchas veces, aunque no sea el mismo que inventó Janet Cooke. (…) John Hersey, que era un buen novelista, escribió un reportaje sobre la ciudad de Hiroshima devastada por la bomba atómica, y es un relato tan apasionante que parece una novela. Daniel deFoe, que era también un gran periodista, escribió una novela sobre la ciudad de Londres devastada por la peste, y es un relato tan sobrecogedor que parece un reportaje. En esa línea de demarcación invisible pueden estar los ángeles que Janet Cooke necesita para la salvación de su alma. Pues no habría sido justo que le dieran el Premio Pulitzer de periodismo, pero en cambio sería una injusticia mayor que no le dieran el de literatura”.




























