Nuestras diferencias también son nuestra herencia

EDITORIAL

Cada año, el Mes de la Herencia Hispana nos brinda la oportunidad de celebrar nuestras raíces y reconocer las contribuciones de millones de latinos a Estados Unidos. Es una celebración de nuestra música, gastronomía, idioma, trabajo y tradiciones. Pero también debería ser una oportunidad para reflexionar sobre algo que hace extraordinaria a nuestra comunidad: nuestras diferencias.

Con frecuencia hablamos de “los latinos” como si fuéramos un grupo homogéneo. No lo somos, y nunca lo hemos sido. Procedemos de numerosos países y regiones. Tenemos historias distintas, costumbres diferentes y maneras particulares de hablar incluso cuando compartimos el español. Somos mexicanos, puertorriqueños, dominicanos, cubanos, colombianos, salvadoreños, venezolanos, guatemaltecos, peruanos, ecuatorianos, argentinos y muchas otras nacionalidades. También somos racialmente diversos.

Hay latinos negros, blancos, indígenas, mestizos, asiáticos y multirraciales. Nuestra comunidad lleva en sus rostros siglos de historia y encuentros entre pueblos provenientes de diferentes partes del mundo.

Esa diversidad no debería incomodarnos. Debería llenarnos de orgullo. Sin embargo, celebrar verdaderamente nuestras diferencias también requiere reconocer que dentro de nuestras propias comunidades todavía existen prejuicios.

El racismo y el colorismo no son problemas exclusivos de otras sociedades. También forman parte de la historia de América Latina. A veces sobreviven en comentarios que parecen inocentes, bromas, estereotipos o ideas sobre qué color de piel, cabello o apariencia consideramos más atractivos o socialmente aceptables.

El Mes de la Herencia Hispana debería invitarnos no solamente a celebrar aquello que hacemos bien, sino también a preguntarnos qué clase de comunidad queremos construir. Una donde nadie tenga que demostrar que es “suficientemente latino”. Esto es particularmente importante para las nuevas generaciones que están creciendo en Estados Unidos.

Muchos jóvenes viven entre dos culturas. Algunos hablan español perfectamente; otros lo entienden, pero se sienten más cómodos hablando inglés. Algunos conocen profundamente el país de sus padres. Otros solamente lo han visitado unas pocas veces.

Eso no debería convertirlos en menos latinos. Nuestra identidad no puede depender exclusivamente del idioma que hablamos, nuestro lugar de nacimiento o nuestra apariencia física. También está formada por nuestras familias, nuestras experiencias, nuestros recuerdos y el sentimiento de pertenecer a algo que comenzó mucho antes que nosotros.

Al mismo tiempo, ser latino tampoco debería colocarnos en oposición a ser estadounidense. Millones de personas han demostrado que ambas identidades pueden coexistir perfectamente. Se puede amar a Estados Unidos y mantener profundamente vivas las raíces de México, Puerto Rico, Colombia, República Dominicana, Cuba, Centroamérica, Sudamérica o cualquier otro lugar de donde provenga nuestra familia.

De hecho, esa combinación de culturas es parte de lo que continuamente transforma y enriquece a Estados Unidos. Por eso, cuando este mes veamos las banderas, festivales y celebraciones, recordemos que nuestra herencia es mucho más que símbolos.

Está en los padres que trabajaron largas jornadas para ofrecer mejores oportunidades a sus hijos. En los empresarios que comenzaron desde cero. En nuestros maestros, médicos, trabajadores, agricultores, artistas, profesionales y estudiantes. Está en quienes llegaron recientemente y también en familias latinas que llevan generaciones formando parte de este país.

No necesitamos borrar nuestras diferencias para construir una comunidad más fuerte. Necesitamos hacer exactamente lo contrario: reconocerlas, respetarlas y celebrarlas. Podemos tener diferentes colores de piel, acentos, nacionalidades, experiencias y maneras de entender nuestra propia identidad y, aun así, encontrar razones para caminar juntos.

Quizás ese sea uno de los mensajes más importantes que podemos compartir durante este Mes de la Herencia Hispana.
Nuestra diversidad no disminuye nuestra identidad.
La hace más rica. Y nuestras diferencias no tienen por qué separarnos. También pueden ser precisamente aquello que nos une.

Distintos colores de piel, países, acentos, historias y tradiciones forman una comunidad cuya verdadera riqueza está precisamente en sus diferencias

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