En el pasado, al verse perdidos, los dictadores llenaban las maletas y abordaban un avión desde donde dirigían un discurso al pueblo que abandonaban. El avión, preñado su vientre de dólares, se dirigía a algún paraíso del cual no pudieran ser extraditados.
En tierra firme, o movediza, entraban a palacio los nuevos gobernantes. A veces olvidaban sus promesas, y en un hangar, otro viejo avión calentaba sus motores, a veces el avión quedaba esperando, como espera en Nicaragua, y el saqueo a un pueblo, saqueo de riquezas y esperanzas, continúa.
Pero eso era en el pasado, en tiempos modernos, a veces, raras veces, el pueblo logra hacer valer su triunfo en las urnas. Ello, si logra que el mundo escandalizado reaccione, denuncie el fraude, exija transparencia.
A ello hay que añadir que el pueblo no baje los brazos, que el hambre y la desesperanza salgan a la calle a reclamar la esperanza robada.
Hoy, las maletas repletas de dólares no existen; llevan en su vientre algunas joyas y otras baratijas. El fruto del robo, el verdadero, se ejecuta con una tecla y millones son trasladados por las nubes hacia las arcas de la desgracia de los bancos que no miran en ellos la sangre derramada, el dolor causado, que solo miran la libra de carne que rellenará sus arcas.
Estos son tiempos modernos, las hélices ya no existen, son modernos jets de algún país amigo los que llevarán al dictador y sus secuaces. Cuatro vuelos no programados despegaron de la Habana rumbo a Caracas, entre ellos el A 340 ejecutivo de Conviasa en el que suele volar Díaz-Canel, jet que despegó el martes por la mañana.
El país amigo cobrará su parte del tesoro, la isla de la Tortuga regresa a aplicar su código: entre piratas y dictadores el botín se reparte.
Hoy, en Venezuela, la oposición, segura de su triunfo y con pruebas en la mano, apoyada por el mundo busca negociar una salida con Maduro: que se realice un recuento de las actas con veeduría internacional, reconocimiento del resultado y la soberanía del voto popular y respeto a los perdedores.
Los perdedores se preguntan ¿cuánto de lo robado le será permitido guardar?, ¿cuánta impunidad les será acordada? ¿cuánto se desea la libertad para que les permitan escapar del castigo?
Los dictadores en otros países esperan la sentencia mientras en sus hangares, los de la vergüenza, otros jets calientan sus motores.
Esta mañana, jueves 1 de agosto, sin dar mayores explicaciones, suspendieron la conferencia de prensa del CNE, Consejo Nacional Electoral, para dar a conocer un segundo boletín de las elecciones presidenciales. Dicho sea de paso, las actas oficiales siguen sin publicarse ni verificarse pese a que dieron resultados oficiales el primer día, teóricamente con el 80% de las actas ya escrutadas.
¿Humo blanco o humo negro?
En Venezuela se juega la historia, el pasado o el presente, el fraude o el voto, la salida de un dictador o permitirle que consume el robo de la esperanza, se mantenga en el poder y el manto del silencio cubra el crimen.
Pechos desnudos, gritos de rabia, ollas vacías acompañando los cantos de libertad, nuevamente un pueblo contra la fuerza bruta de la represión.
El tomar partido es necesario, moralmente necesario. El precio es alto, y no solamente para Venezuela.
* Escritor, poeta, dramaturgo y hombre de teatro chileno, miembro del PEN Chile, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y académico de la Academia Tomitana de Constanza, Rumania.


























