Por Karina Borodnikoff
IMPACTO LATIN NEWS

Corría el año 1918 y el mundo peleaba la Primera Guerra. Alemania había ocupado Ucrania, Polonia, Finlandia, los países bálticos y una porción de Bielorrusia. Los nazis se jugaban todas sus fichas en el frente occidental con el envío de tropas cuyo fin era ganar terreno antes de que los Estados Unidos terminaran de fortalecerse. Con la Revolución Rusa que quemaba, León Trotsky negoció la Paz de Brest-Litovsk, luego de que los bolcheviques tomaran el control total. No duraría mucho. El 17 de julio, el temor al avance de la Legión Checoslovaca precipitó el asesinato del Zar Nicolás II y de toda su familia, en Ekaterimburgo. En otro continente y un día más tarde, el 18 de julio, una mujer común paría a un varoncito que se convertiría en un hombre extraordinario. Esa mujer alumbraba a un niño, que más tarde alumbraría a una nación: el amado Madiba
Nelson Mandela nació en Mvezo, una pequeña aldea en la región de Transkei, conocida solo por sus habitantes. Su padre, el jefe tribal Gadla Henry Mphakanyiswa, lo había llamado Rolihlahla, que en Xhosa – una de las once lenguas oficiales de Sudáfrica- significa “halar la rama del árbol” y en lenguaje coloquial, llamador de presagio, implica: “alborotador”.
En una época en la que mandaban las autoridades coloniales británicas, al momento de comenzar sus estudios primarios, su maestra lo llamó “Nelson”, un nombre inglés-cristiano. Los nombres africanos, recordó alguna vez Mandela, son muy difíciles de pronunciar para el hombre blanco o, simplemente, no desean hacerlo.
Mandela, con esa nostalgia que cala corazones, decía que su etapa más fructífera de aprendizaje había ocurrido en los valles de su infancia, tiempos en los que andaba con ovejas y otros animales en campo abierto. Las abejas, los panales y su miel endulzaban, literalmente, sus tardes de niño. Recuerdos al que tal vez haya apelado con desesperación para sobrevivir los 27 años de cárcel y a las torturas a las que sería sometido en su patria querida. Aquellos eran años en donde forjaba su preciado espíritu. Comenzó a trabajar a los 5, se alimentaba con leche que obtenía directamente de la ubre de la vaca y la pesca la lograba con pedazos de alambre que transformaba en anzuelos.
Pero Mandela creció y su patria comenzó a dolerle. Sudáfrica estaba bajo un sistema de segregación racial: el apartheid. Una sociedad signada por la violencia y el racismo que él quiso cambiar, y lo logró. Puso su fuerza, su cuerpo y su voluntad al servicio de los más altos ideales. No recuerda cuándo fue el momento exacto en que se convirtió en un hombre politizado, dijo en reiteradas oportunidades. Tal vez, porque siempre lo fue, de alguna manera.
Seguramente, su ingreso a la Universidad de Derecho de Witswaterrand, a comienzos de 1943, en donde se graduó de abogado, haya reforzado y dado forma a sus ideas. Era la mejor casa de estudios de habla inglesa de su país y Mandela era el único estudiante africano negro.
Allí conoció a estudiantes que serían sus leales compañeros de lucha, guerreros de la liberación, batalladores contra el sistema racista y la opresión: Joe Slovo y Ruth First, quien más tarde se convertiría en su amor y primera esposa. Junto a otros estudiantes, pronto se diferenciaron como la vanguardia de los movimientos de liberación más importantes de Sudáfrica.
Los años de profunda lucha fueron muchos y luego de varios arrestos, vendría el definitivo, el que lo encerraría durante casi 3 décadas. En agosto de 1962 fue arrestado bajo los cargos de incitación a los trabajadores africanos a protestar mediante huelgas y salida ilegal del país. Al principio, la sentencia fue de cinco años pero luego se manipularía su vulnerable situación con la intención de condenarlo por el tiempo que viviera su cuerpo.
Durante el juicio, la defensa que hizo el propio Mandela se convirtió en lo que para muchos es hoy el gran testamento político: “Quería explicarle al tribunal cómo y por qué me había convertido en el hombre que era, por qué había hecho lo que había hecho, y por qué, si tenía oportunidad, volvería a hacerlo de nuevo”. Así pensó, así vivió. “Para los hombres, la libertad en su propia tierra es la cima de sus ambiciones, de la que ningún poder puede apartarles”.
El juicio había terminado. La condena a cadena perpetua lo sometía a partir de ese instante al encierro, a una oscuridad a la que su alma noble le daría tremenda batalla. A punto de retirarse de la sala del tribunal miró a su gente y les dijo, fuerte, orgulloso: “¡Amandla, Amandla, Amandla!”, “¡Poder! ¡Poder! ¡Poder!”. Conmovidos y leales, sus seguidores le devolvieron a su amado Madiba con el dignísimo himno “Nikosi Sikelel iAfrika”. Mandela les respondió en el más absoluto de los silencios y con el amor más inmenso para su pueblo: la cárcel, sin negociar los sueños de Sudáfrica.
Nelson Mandela es libertad, es patria, es dignidad.


























