Como género humano debemos reconocer, sin falsa modestia, nuestros hitos, nuestros triunfos. Estamos batiendo todos los récords, uno tras otro caen a nuestros pies, y con el orgullo inherente al ganador declaramos: ¡es la primera vez…!
¡La primera vez! ¡Ah!, ¡la primera vez! Esa primera vez tan fantaseada, aquella que se aleja en el tiempo y da paso a una y otra primera vez, olvidando la primera, creando otra primera, nacida esta de la experiencia, pero con la sabiduría de presentarse como la primera vez.
Podemos temblar de placer o del temor a ese no saber qué sucederá, total, es la primera vez.
Cada primera vez surge con mayor fuerza, total, recorre caminos ya recorridos, surcos preparados para acogerla, puesto que la primera vez es efímera y tan largo el olvido.
Y cada primera vez nos deja un sabor de medalla: campeones, es la primera vez, y la raza humana, triunfadora marca otro hito.
Es la primera vez que debido a una tormenta se inunda el metro de Nueva York y se debe parar la totalidad de las líneas.
Es la primera vez que cae tanta agua en una hora sobre el Central Park, sobre Brooklyn, sobre Newark, batimos todos los récords, incluso los registrados hace una semana en la anterior primera vez.
Las calles de Filadelfia se transforman en ríos y los ríos en lagos, nunca el agua había alcanzado esos niveles, es la primera vez.
Los incendios arrasan California, no es la primera vez, pero esta vez es la primera en que la noche retrocede frente al rojo cielo y luego extiende su manto protegida por el humo.
El lago Tahoe enrojece de vergüenza al ser cercado por las llamas, no es la primera vez, pero es la primera en que las llamas pueden hacer desaparecer la memoria histórica que circunscribe al hermoso lago.
Los tornados abandonan a Dorothy y la granja de Kansas para tragar, embudo de esperanzas, las nuevas Dorothies por todos los estados.
El desierto avanza implacable en brazos de la sequía por todos los campos del mundo; es la primera vez que el alimento de la raza humana está en peligro.
Las inundaciones hacen olvidar la sequía, la sequía, el olor de la fruta recién cortada; es la primera vez que la humanidad pierde el olfato.
Donde antes había un lago hoy nos sumergimos en el fango y en el centro nos encontramos con un bote abandonado. A su lado el esqueleto de un pejerrey que nos mira tristemente.
Por donde miremos seguimos batiendo récords, y merecemos todo el reconocimiento, estamos construyendo el último ¡es la primera vez! y acercándonos al fin de la humanidad.
Felicitémonos, campeones, ahora podemos dormir el sueño de los imbéciles.
* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.



























