"Nada de llantos ni penas porque en una o dos generaciones se me hará justicia". Con esa tan breve alocución, el Señor Hitler se despidió así de la última persona que estrechó su mano -Heinz Linge-, su valet personal en esa lacónica penumbra del búnker.
A tantas décadas y años de ese suicidio, persiste en mí, más allá de una fascinación personal hacia ese Führer, por su arrojo, frugalidad, ascetismo y decollante patriotismo, otra más magnificente, como que a un Pueblo, recién después del deceso de su líder, se dio por vencido.
Porque hasta esta misma fecha, con harapos, sin comida, efectivos ni municiones, todos los alemanes, continuaban la lucha, como si la guerra hubiese comenzado unos meses antes.
Esa pues, fue la dolorosa inmanencia que sobre escombros, hierros retorcidos y pilas de cadáveres, increíblemente mantenía en alto sus atribulados espíritus.
Ofrendando una férrea disciplina hacia alguien que, desde varios metros bajo tierra, en un recinto conocido como el cuarto de mapas, seguía impartiendo órdenes a ejércitos por entonces ya del todo inexistentes.
Pero que muy a pesar de ello, encendía en los todavía sobrevivientes, la pueril y naif esperanza de alguna suerte de milagro de última hora.
Siete y media décadas nos separan de esa muerte que sepultó con sus restos y los de su flamante cónyuge, rociados previamente con gasolina, la póstuma oportunidad que el Occidente tuvo de erguirse de manera conjuntiva en toda la Europa ocupada.
Y doce años adicionales desde que, ungido como el supremo referente de una nación a tal punto envilecida que, cuando poco después de haberse asentado en su capital, le confió a Von Papen -su mecenas-, "Berlín es una cloaca en el tiempo".
Luego de haber divisado que un consumado patán -Bertolt Brecht-, pagaba a desnudistas en Alexanderplatz , para que promocionasen su obra Mahagonny, con arengas en altavoces de "viva la anarquía, la canalla, la homosexualidad".
Levantó a sus compatriotas de todas las ignominias versallescas, recuperó el pleno empleo y la obra pública con sus afamadas e inéditas autobahns que unieron, como hoy lo hacen, a todas las principales ciudades germanas.
Creando además esa asociatividad de los niños huérfanos y por desgracia también pobres a trabajar de consuno tras un ideal de grandeza y en pos del Bien Común, para otorgarles así un objetivo social.
Y por sobre ello, edificó primero el respeto de todos sus vecinos y a partir del 39, el temor reverencial.
Bueno, todos estamos debidamente contestes de sus imperdonables yerros en la guerra, quizás multiplicados hasta lo tóxico, merced a la casualidad de tanta buena fortuna en los dos primeros años de la contienda.
Tal vez, enderezando mi teclado hacia lo más racional, todo lo que sucedió fue no sólo previsible, sino desafortunadamente también inexorable, a fuer de tantos y esmerados adulones que, jamás se atrevieron a contrariarlo -Keitel en lo particular-.
Sin embargo, por sobre sus desaciertos, caprichos y desmedida altanería, trató hasta el instante mismo de su inmolación, exhibir a todo el planeta, cómo desde las ruinas y el oprobio se yergue un derrotado.
Al que irónicamente, veintiún años después, dejó, incluso en la más ominosa hambruna, destrucción y algo más, ergo, una condena internacional que, conforme los actuales registros de la UN, Alemania todavía reviste en la categoría de Nación Hostil.
Poca o más bien, ninguna ilusión guardo respecto a que las banderas de aquél altivo Nacionalsocialismo vuelvan a ondear ni en Alemania ni en ningún otro meridiano.
Por una tan demoledora como esperable razón; y esta es que el mundo actual y sobretodo sus juventudes, ven en ese Nazismo, la más abominable y bizarra forma de expresión de la política.
Hoy todo se encamina y con enjundia a los facilismos, las perezas y el consumismo masivo, sobremanera de artículos suntuarios, como los recitales de rock, el arte decadente del postmodernismo y en general, valores culturales, indiciarios de una new age.
La de una multisexualidad, irrefrenable ingesta de narcóticos y un ateísmo volitivo, esenciales en Sociedades en las que en todas ellas, predomina la cuestión contestataria como insignia de todas estas neo generaciones de palurdos.
Incluyendo a los intelectuales que los inducen en el irrestricto ingreso a esa especie de limbo, en el que nadie se cuestiona nada, de seguro porque ignoran hasta las preguntas más domésticas.
Por ello, mi avanzada edad, esto y lo otro, soy de la irreductible opinión que...
UN DÍA COMO HOY EL SUEÑO DESAPARECIÓ.


























