Primero de mayo, día del trabajador, día que viene a la memoria tras tantos años de marchas, de gritos, de gritería y batahola.
Hoy primero de mayo del 2021 me encuentro en San Francisco. Busco una calle, un parque donde ir a manifestar y encuentro mis recuerdos: el levantarme temprano, ponerme zapatillas para correr cuando fuera necesario, garrapateando una consigna sobre una hoja de cartulina y salir a la calle mi corazón chorreando revolución.
En Santiago de Chile, el lugar de reunión era la plaza pajaritos, cerca de la vega, cerca del mercado donde Neruda daba la partida a la carrera de los canillitas, vendedores de “El Siglo” que voceaban por las calles el diario del PC, la estación central, el Caupolicán. Las compañeras nos tendían un brazo solidario con una taza de café para combatir el frío, para reconocer la santa alianza entre la clase obrera y el estudiantado.
Yo venía de la Universidad Católica, una universidad chic, elitista en Santiago, quizás por ello me daban dos tazas de café. Me sentía pueblo, me sentía adoptado, me sentía heroico pues sabía que tras los primeros discursos, cuando comenzáramos a marchar los pacos cargarían, con bombas lacrimógenas, lumazos (golpes con los bastones de luma con los que acariciaban nuestras espaldas, nuestras cabezas, nuestros brazos) y chorros de agua del guanaco.
Y ahí comenzaba la batahola. La clase obrera avanzando en medio de la bruma, los estudiantes poniendo el conocimiento al alcance de las lumas. Al avanzar el primero de mayo regresábamos cantando, cojeando, los ojos llorosos –no de alegría, de gases lacrimógenos–, a nuestras pensiones de estudiante en espera del próximo primero de mayo.
En Santiago éramos algunos miles. Luego fui a Valdivia. La mañana del primero de mayo abandonaba la Isla Teja donde se encontraba la universidad más austral del mundo, cruzaba en bote a remos el río Calle Calle para ir al lugar de reunión, el lugar donde se juntaría la clase obrera con el estudiantado, el lugar de la esperanza, la plaza del roto chileno, allá, abajo, al final de la avenida Picarte. En Valdivia no éramos miles, como máximo, los años buenos, llegábamos a 300.
300 que comenzábamos a marchar avenida arriba, desde la pobreza a los centros de poder, la intendencia, sede del gobierno regional y la catedral, sede del poder religioso. Ocupábamos la avenida marchando por el medio, subíamos y a medida que subíamos las reivindicaciones subían, los gritos subían y al llegar a la altura del liceo de niñas, lo tradicional: los pacos, las bombas lacrimógenas, el guanaco, la batahola.
Al atardecer regresaba a la Isla Teja. Caronte, me cruzaba en su bote a remos, y yo, adolorido pero feliz sentía que una vez más había cumplido con la santa alianza entre la clase obrera y el estudiantado, y que nuestras ideas avanzaban; en medio de las palizas, los gases y el agua, avanzaban.
Años más tarde, por razones históricas, me encontraba exiliado en Francia y el primero de mayo salía de mi departamento, compraba un ramiro de muguete, flor blanca que vendían junto a “L’Humanité” los militantes del PCF.
El punto de reunión era la place de la République, en la esquina de la Bolsa del Trabajo y de ahí comenzábamos a marchar reivindicando mejores salarios, mejor educación, menos horas de trabajo, y en el medio nosotros, los asilados políticos en Francia, pidiendo la caída de las dictaduras en Latinoamérica.
Al avanzar por las grandes avenidas, las de París, no las de Allende, el libreto se completaba, “les flics”, nombre dado a los policías franceses, nos cerraban el paso y comenzaba la batahola, palos, bombas lacrimógenas, chorros de agua.
Hoy, primero de mayo del 2021 salgo a caminar en busca de una calle, de un lugar de reunión para marchar hacia el futuro, esta vez la tercera edad marchando junto a la clase obrera en el camino de la revolución.
¡Feliz primero de mayo, trabajadoras y trabajadores del mundo, estudiantes del mundo!, y nos vemos en la batahola, porque hay cosas que no cambian.



























