Cayó el telón tras la primera convención y apareció la historia

Cayó el telón.
La democracia está en peligro, pero nosotros contribuimos a ponerla en peligro.

Se apagaron las luces, el escenario quedó vacío, de tras bambalinas salí de las sombras, escoba en mano, para barrer el polvo, el polvo de las promesas, no el polvo de la historia.

Cuatro días, ocho horas que resonaron como una alerta, alerta sobre el presente, alerta sobre el pasado y alerta sobre el futuro y es el análisis de esa trifurcación la que podría indicarnos cuál es la encrucijada en la que nos encontramos. Se hizo historia, pero la historia tiene raíces, tiene momentos, tiene proyecciones, si no, estas elecciones presidenciales dejarían de ser cruciales para ser anodinas.

La democracia está en peligro, pero nosotros contribuimos a ponerla en peligro. No es solamente Trump, Trump es la cara visible, el retrato repugnante de Dorian Gray, el representante de la miseria moral en que nos encontramos, el representante del capitalismo salvaje alimentándose de una pandemia, alimentándose del dolor, de la muerte. Trump es la invitación al racismo desencadenado, a la violencia, esa violencia institucional contra los pobres, contra los de color, Trump representa esa otra parte del alma de América.

Tenemos que sacarlo de la Casa Blanca no solamente por incompetente, sino como un primer paso para erradicar los demonios de nuestra sociedad.

“Hay que derrotar a Trump” el autócrata, y en eso hay consenso, “más allá de las diferencias, debemos derrotar a Trump”, se dijo en la convención demócrata, y estamos de acuerdo, “somos uno y el futuro depende de nosotros” añadieron, y la historia, la del pasado, la del presente se agitaron en mi mente.

El futuro depende de nosotros, cierto, pero no somos uno, América no es una, el dolor no es uno, la calidad de vida no es una, el respeto a los derechos no es uno. Como vemos, no se trata solamente de la derrota de Trump, se trata de cambiar el curso de la historia, y lo que habrá tras la victoria.

Durante cuatro días, durante ocho horas, enfocaron los reflectores sobre mi mundo, me hicieron sentir parte del “we the people”, ¡como si no conociera el mundo en que vivo!, como si no intentaran humillarme intentando hacerme sentir inferior, inferior por la falta de dinero, por mi cultura, por el color de mi piel, por las noches en vela pensando cómo asegurar la comida de mis hijos, cómo asegurar, y ello es más importante, el futuro de mis hijos.

Durante cuatro días, ocho horas los reflectores iluminaron la América en que yo y ustedes vivimos, nuestra América, y diera la impresión de que por primera vez nos vieron. Nos miraron con simpatía –hay que decirlo, la simpatía vende–, y nos dijeron: los escuchamos, sufrimos por ustedes, pero no se preocupen, eso es el pasado, eso es historia pasada, hoy lo sabemos, y en el futuro cambiaremos.

Mientras barría me pregunté, en qué mundo viven, al parecer hay dos mundos diferentes, mi mundo, nuestro mundo. Hay dos historias, una de ellas, la ignorada, es nuestra historia, la de las oportunidades negadas, la del dolor, la de la fuerza de trabajo que mueve el mundo, pero a la que le niegan su lugar es este mundo, en esta sociedad; hay dos “we the people”, y en uno no existimos.

Hablaban los oradores del alma de América, pero un alma recién nacida, el alma de una América que olvida su pasado, de un alma purificada por el perdón, ¡cuánta hipocresía hay en el perdón!, un padre nuestro y tres ave Marías y a seguir en las mismas.

Se vive un momento de transición entre lo viejo y lo nuevo, un cambio generacional, prueba de ello, es que se dio la palabra a 17 jóvenes líderes que representan el futuro, el recambio, 17 jóvenes líderes de paso alegre y ligero, 17 de los cuales 11 son de color, ¡hermoso fresco en esta América multicultural!

Sin embargo, la historia asaltaba el pensamiento, cuidado es un futuro marcado de pasado, ninguno de los 17 líderes avalados por el establishment había apoyado una agenda progresista. Es que hay jóvenes que piensan como viejos y viejos que piensan como jóvenes, más allá de la edad importa el pensamiento y en el pensamiento joven los viejos están dispuestos a retirarse, en el viejo orden los jerarcas se aferran a sus cargos y como en las dictaduras y los imperios nombran aquél o aquella que prolongará su pensamiento.

No se trata de una lucha generacional, se trata de que la transición sea transición hacia un mundo más justo, y para ello deben estar representadas todas las alternativas y que al final sea el voto, quien decida, sí, el voto, nuestra herramienta, el arma de los desfavorecidos, y si al voto, la expresión del pueblo lo ignoran, que sea la calle, las manifestaciones, el pensamiento, el que decida, y ello permitiría escribir la nueva historia.

Las luces mostraron un mundo de desigualdad, un mundo inaceptable, un mundo del cual debemos avergonzarnos, se mostró simpatía por mi mundo, nuestro mundo. La historia, para que no se repita, me susurró: no se trata de caridad, no se trata de simpatía, se trata de que el rostro de nuestros hijos, de nuestras hijas no estén marcados por el temor, por el dolor.

No quiero que entiendan nuestro dolor, quiero que se supriman las causas de nuestro dolor, que se escriba nuestra historia y que los que quieren hablar en nuestro nombre, primero se miren en el espejo, se pregunten qué significa pertenecer a la otra parte de la sociedad, cuál es el verdadero precio de vivir en la otra parte de la sociedad, a quiénes aplasto para vivir en la otra parte de la sociedad, por lo que hay dos mundos y uno se construye sobre las espaldas del otro, destruyendo los valores del otro, la cultura del otro, sometiendo al otro, así fue en la conquista, así fue en la expansión de América, así fue en el esclavismo, así es en los tiempos modernos, me susurró la historia.

Somos uno sin valer lo mismo, somos iguales siendo diferentes. Los habitantes de los Estados Unidos se dividen entre los que llegaron antes y los recién llegados, los de antes construyeron su fortuna con el trabajo, los recién llegados la ponen en peligro, quieren hacer lo que los primeros hicieron, ¡habrase visto mayor insolencia!, tienen la memoria corta, me susurró la historia.

No quiero que se hable de lo injusto de la política migratoria y del dolor de las familias separadas sin estudiar la historia, que se olvide la historia lejana y la cercana. Durante los dos gobiernos de Obama se deportaron 8 millones de personas, durante el gobierno de George W. Bush, se deportaron 2 millones cien mil personas, Trump continúa la política de deportaciones añadiendo la separación de las familias, que no se oculte tenemos sobre 11 millones de indocumentados viviendo en las sombras temiendo ser deportados.

No basta con decir es terrible y mostrarnos el drama de una familia sin que se diga: desde el primer día pondremos fin a esta tragedia, nunca más veremos un niño en una jaula esperando ser deportado, nunca más veremos un ser humano en una jaula esperando ser deportado, nunca mas veremos un muro en la frontera, nunca un ser humano vivirá en el miedo por lo que se le negó el derecho a buscar una mejor vida.

Vivimos un momento histórico por lo que al ser asesinados en las calles, frente a las cámaras, no se pudo ocultar el crimen; por lo que como se salió a las calles no pudieron negarnos. Vivimos un momento histórico por lo que salimos a reclamar nuestro lugar en la historia, ¡existimos, contamos para construir el futuro, para cambiar ese “we” que en vez de integrar excluye!, ¡contamos en nuestra cultura, en nuestra lengua, en nuestro color, contamos!

Pero para que un momento sea histórico debe proyectarse, no basta una foto, una foto se desvanece con el tiempo y al final desaparece. La historia debe ser una película que cobra vida, que tiene sonido, que se desarrolla ante nuestros ojos y en la cual todos somos actores, todos somos directores en estos tiempos de oscuridad y miseria moral. La historia es una película que se alimenta del pasado, se desarrolla día a día y se proyecta hacia el futuro por lo que no tiene un final establecido.

Como es tiempo de convenciones, en la otra vereda del camino, el odio, el desprecio, los dictadores de los tiempos modernos se preparan. Trump es la cara visible, representa esa otra parte del alma de América, no la América generosa, la América egoísta, la América de las sombras. Trump encarna lo peor de la historia pasada, el Macartismo, el racismo, la represión contra los que protestan, la mordaza contra el grito de dolor de un pueblo.

Tenemos que sacarlo de la Casa Blanca no solamente por lo que es incompetente, hay que sacarlo por lo que representa el camino a la autocracia y es un peligro para la democracia.

En la convención republicana no creo que se hable del “we the people”, el egocentrismo del presidente no lo permite, pero se manosearán términos no comprendidos: democracia, libertad, seguridad, justicia, se hablará de extremismo, de una supuesta izquierda radical, del valor del dinero. Se dirá que la economía es un éxito, entendiéndose por éxito las ganancias de su clan, de las grandes corporaciones, de los multimillonarios, de los billonarios, no se hablará de los millones de desempleados, de los 20 millones que arriesgan quedar sin techo, no se hablará de las muertes, sea por la pandemia, sea por la violencia sistémica.

Se nos dirá que América es la luz, el faro del mundo, el pueblo elegido por dios. El lenguaje será reflejo de quien ocupa la Casa Blanca: belicista, soez, divisivo, racista, cargado de odio.

La mentira reinará sobre los hechos, la ignorancia sobre la ciencia, la estupidez sobre la inteligencia, se sembrará la duda –no hay autócrata en la historia que reconozca que perdió unas elecciones, siempre dirán que hubo fraude, que son víctimas de un complot.

Nos dirán que la patria está en peligro, que la religión está en peligro, que el caos está ad portas, que la propiedad privada está en peligro, que los infrahumanos asechan, que los oponentes son animales, que incendian, que la ley y el orden están en peligro. La historia se puede disfrazar, me susurró la historia, basta con que se embargue el pensamiento.

Sin embargo hay momentos en la historia que pueden cambiar el curso de la historia, 9 minutos en el suelo, 9 minutos sin respirar remecieron a los Estados Unidos. Hoy, un voto puede ayudar a terminar con este oscuro momento que vivimos y abrir el camino a otra historia, una historia de la que seamos parte “we” los latinos,  “we” los negros, “we” los asiáticos, “we” los blancos pobres, “we”  los pueblos originarios, “we” las mujeres, “we” los LGBTIQ, “we” los ignorados, “we the people”.

* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Reside en Nueva Jersey.

No nos equivoquemos, no basta con sacar a Trump, necesitamos cambios

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