Se aproxima el Titanic de la pandemia: ¿quién le pondrá el precio a mi vida?

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El coronavirus se ensañó con los más pobres, con aquellos que viven hacinados en las poblaciones o barrios guetos, cuando tienen la suerte de tener algo que llamar hogar, algo que llamar techo, y no forman parte del ejército de los sin casa.

El coronavirus sacó a relucir la injusticia de la desigualdad de esta sociedad, no se pudo mirar hacia el lado e ignorar esa realidad, a menos, por supuesto, que esa desigualdad jugara a nuestro favor, que nos diera confort, que, avasallada, nos sirviera, sirviera de servir nuestra mesa, de limpiar nuestras casas, de construir nuestras casas.

El coronavirus se ensañó con los más pobres, con aquellos que viven hacinados en las poblaciones o barrios guetos, cuando tienen la suerte de tener algo que llamar hogar, algo que llamar techo, y no forman parte del ejército de los sin casa.

El coronavirus se ensañó contra aquellos que mal alimentados, sin acceso a la salud, no pudieron enfrentar la muerte.

La raza jugó un papel, no por lo que el blanco fuera superior, y el negro y el hispano, fueran más débiles, no era el sueño de una raza superior frente a razas inferiores, era el resultado de la distribución de la riqueza, de la herencia de la riqueza, puesto que la riqueza y la pobreza se heredan.

El coronavirus se cebó en los ancianos: 65 para arriba dejó de ser orgulloso signo de sabiduría acumulada, y se trasformó en sentencia de muerte.

Hoy, la vacuna salvadora se acerca. A fines de año, con suerte en los primeros meses del año próximo, dispondríamos de una vacuna segura, eficaz, la única herramienta que derrotará al Covid-19.

Con el pasar de las pruebas, de los estudios, del análisis de los resultados de las diferentes vacunas que se estudian, surge la esperanza, y esa esperanza crece, crece en los barrios altos, crece en los guetos, crece en los ancianos, crece en los de cincuenta para arriba, crece en los negros, en los blancos, en los cafés, crece sin importar el color de la piel.

Pero la esperanza choca con el témpano de la realidad, las primeras vacunas no alcanzarán para todos, pasarán meses antes de que su producción sea masiva, antes de que un pinchazo traiga la vida.

¡El Titanic de la pandemia!

¿Quién se salvará primero? ¿Cuál es el precio de la vida humana?

Al igual que en el barco hundiéndose en las profundidades del océano, del inframundo, para, lleno de almas muertas, ir al encuentro de Caronte para que los cruce el río y les dé descanso en la muerte y utilidad a su vida, las almas se preguntarán ¿cuál es el valor de la vida humana?, ¿quién se salva?, ¿quién muere?

Al igual que en el Titanic, algunos, los poderosos, los dueños de la riqueza intentarán comprar el boleto de la vida, el primer lugar en el bote salvavidas, la vacuna salvadora.

Nuestra vida vale más que la de los miserables que sobreviven en la miseria, que viven en tercera clase. Pago, estoy dispuesto a pagar lo que sea, pongan un precio a la vida humana, y yo podré pagarlo.

Nada nuevo bajo el sol, solo que ahora se comprueba, el valor de la vida humana no es el mismo para todos.

Si el estado fuera justo tendría que considerar a quienes, mayoritariamente, se llevó la peste. La respuesta es fácil: la mayoría de las víctimas mortales se encuentran entre los negros y los hispanos, desproporcionada mayoría que comprueba la desigualdad en el valor de la vida humana.

Si consideramos el factor edad surge otra categoría, los mayores de 65, víctimas privilegiadas del Covid-19. Y la pregunta salta a la vista ¿qué vida preservamos?, ¿conservaremos la experiencia de toda una vida o una vida a construir?

La lógica nos dice que las primeras vacunas tendrían que ser para quienes representan la mayoría de posibles víctimas, para aquellos que están en peligro de muerte.

Pero si se privilegia a un grupo, los otros saltarán, se revolcarán, pondrán el grito en el cielo y su dinero en los bolsillos de los que seleccionan quién tiene acceso al bote salvavidas y quién se hundirá en las sombras de la muerte.

Si se privilegia a los grupos minoritarios más golpeados por el coronavirus: hispanos y negros, se desencadenará un racismo a ultranza, peor que el que vivimos, se reclamará superioridad, se pondrá precio a la vida humana, se intentará levantar un muro protector para salvar a los poderosos.

Como en los últimos minutos del Titanic, cundirá el pánico, frente al peligro de muerte no hay moral –¡sálvese quien pueda! –gritará el capitán del barco intentando subir el primero al salvavidas.

La realidad es cruel, se aproximan tiempos de esperanza y tiempos de pandemia moral. Cada uno buscará elevar el precio de su vida para avanzar en la cola de esa primera minoría que tendrá acceso a las primeras vacunas.

Ello dentro del país, a nivel mundial se jugará la carta del poder del dinero. –Somos el país más rico del mundo, tenemos derecho a comprar las primeras vacunas, luego, todas las vacunas, nuestras vidas valen más que las de ustedes, somos la salvación de una civilización que está en peligro –se justificará el país más rico y desigual de la tierra.

El precio de la vida o de la muerte cubrirá el planeta en una lucha despiadada en la cual “el mejor gobernante” es aquel que pone su pueblo primero sin pensar en los otros. En un mundo globalizado, la humanidad comienza y termina en casa.

Mientras esperamos las primeras vacunas, aquellas que no diferencian por raza o por dinero, me pregunto si llegado ese momento daré un codazo para avanzar en la fila, si perderé mi calidad de humano o seguiré siendo humano, si el miedo se llevará la moral.

¡Pero faltan tantos meses! Por el momento puedo seguir durmiendo, esquivando la realidad y los 59.400 nuevos infectados por día, esperando la segunda ola y la vacuna salvadora.

¡Hay tantos elementos en juego!, y una sola pregunta: ¿quién le pondrá el precio a la vida?
¿Cuál es el precio de mi vida?, ¿cuál es el precio de la suya?,

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