La ruta de la peste

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Los números, puesto que todo se trata de números, fríos números, cayeron de lo alto de los rascacielos, 215.000 cuerpos infectados, 24.855 muertos, y contando.

Como a los comienzos, primero se asentó en la costa este, atacó sus centros vitales, los más poblados, los más codiciados, el lugar más iluminado del mundo la atrajo cual una vela a la mariposa, cual faro mostró a la peste navegante el lugar donde desembarcar.

Cayó sobre nosotros como ave de rapiña, pobló nuestras mentes de pesadillas, visiones que nos acompañarán por el resto de nuestras vidas, si sobrevivimos.

La peste se expandió del lugar más iluminado del mundo hacia los superpoblados barrios de los alrededores, Brooklyn, Queens, el Bronx, barrios donde a veces la vida es pesadilla, afiló sus garras, aprendió a como propagarse, a cómo esconderse.

Los números, puesto que todo se trata de números, fríos números, cayeron de lo alto de los rascacielos, 215.000 cuerpos infectados, 24.855 muertos, y contando.

La caída fue diferente, mortal para algunos, suave para otros, suaves dentro de la suavidad de la peste. Las pesadillas no eran las mismas en Manhattan que en el Bronx.

La peste, cual animal que se despereza extendió sus brazos a la vecina Nueva Jersey, 176.478 contagios y 15.035 muertes y fuimos el faro del mundo, números, fríos números nos convirtieron en estrellas, ganamos el Óscar del foco más activo del mundo.

Tristes números que no se preguntan de dónde vienen los muertos, quiénes son los que cayeron en las garras de la peste, dicen que esta nació en medio de la pobreza y al parecer se alimenta de la pobreza.

Saciada, al igual que al comienzo, necesitó de nuevas almas, de nuevas tierras y siguió la ruta de los pioneros, a conquistar el oeste cruzando las grandes mesetas, desafiando la falta de concentración de cuerpos para saciar su sed, único peligro que puede temer la peste, no tener nuevos cuerpos para esconderse, para infectar, para retomar fuerzas y saltar sobre el desprevenido vecino.

California sufrió la nueva fiebre del oro, 210,399 infectados con 5.979 muertos, las cifras, frías cifras se pasean por la costa oeste de los Estados Unidos.

De un apetito mortal la peste bajó a las costas de Florida, fueron sus vacaciones de primavera, se hundió en las piscinas, bailó en los prados, ahogó sus escrúpulos en los bares, 132.545 contagios y 6.092 muertos.

Aventurera cabalgó por Texas sobre 148.279 cuerpos, 2.500 no resistieron.
Cifras frías cifras, tan frías que ya nadie se horroriza de saber que diariamente tenemos sobre 47.000 nuevos casos, y que al Dr. Fauci nos advierte, podemos superar los 100.000 nuevos casos por día.

El país perdió el control, aquellos que lograron contener la propagación en sus estados, ven con horror que la peste tras tocar la costa oeste puede regresar por el camino de los pioneros y traernos la muerte de regreso cabalgando sobre jóvenes espaldas, escondida en cuerpos que no presentan síntomas.

Cifras, frías cifras que no nos hablan del sufrimiento, de las familias, de los sueños destruidos, que no se atreven a mirar la injusticia del presente, cifras que pobladas de pesadillas no se atreven a despertar en el futuro.

Si no retomamos el control, el camino de la razón, tendremos la peste jugando con nosotros, de norte a sur, de este a oeste, en un ida y vuelta sin fin.

Por el momento no podemos derrotarla, pero se acerca el momento de su derrota, lejos de la política la ciencia la observa, la estudia, busca su flaqueza para crear la herramienta que le quitará la posibilidad de seguir saliendo en las noticias para anunciar nuevas cifras, frías cifras, y anunciar hermosas cifras, la de la disminución de casos y de muertes, su derrota.

Dos años se demoraron en anunciar a todos los Estados Unidos la derrota del esclavismo, un año puede demorarse el anuncio de la vacuna salvadora, y no se sabe cuándo demorará el que esté disponible para todos, para los de los barrios alejados, los de los bolsillos vacíos, para los sin seguro médico, puesto que ellos para algunos son cifras, frías cifras, y no seres humanos.

Sin embargo, como en otras batallas, usted, yo, podemos retomar el control, no escuchemos las voces de la ignorancia, dejémonos guiar por la sabiduría, unos metros de distancia, una máscara, pueden detener el trágico vaivén, pueden confinar a la peste, mientras llega una vacuna y le asestamos un golpe mortal.

Terminemos con las pesadillas, y no me refiero solamente a las de la peste, la distancia de la costumbre, una máscara y un voto pueden transformar el país puesto que todos sabemos que en el país de la desigualdad generalizada la peste no golpea por igual.

Mientras tanto tenemos 2.653.200 infectados y 127.400 muertos, pero esas son cifras, no son Juan, Pedro y María, son simplemente números y los números no tienen alma.

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