EDITORIAL
Desde médicos como el Dr. José Negrón Casters, quien ejerció su practica médica como cirujano en East Harlem y fue miembro del Partido Demócrata en los años cuarenta, hasta representantes sindicales como los esposos Bernardino y Teresa Vega, activos en el movimiento sindical y de izquierda a principios del siglo XX en Nueva York, la historia de la comunidad boricua está llena de aportes positivos a la cultura y definitivamente es la comunidad pionera latinoamericana en esta metrópoli.
La historia registra una pléyade de puertorriqueños que con su talento, trabajo y sacrificio establecieron las bases para el crecimiento de una robusta y políticamente poderosa comunidad boricua en esta ciudad, pero el fundamento innegable en el cual todos ellos sustentaron su legado fueron sus raíces culturales y la creatividad para desarrollarlas.
La comunidad puertorriqueña a través de la historia ha demostrado que la cultura es la fuerza más poderosa para afianzar a un grupo humano. Una cultura que se diversifica a través de innumerables expresiones que van desde artes formales, artes visuales, cultura y expresiones populares, gastronomía que sin ser sofisticada expresa su identidad, desde un humilde raspado de hielo con sabores, como la piragüa, hasta el substancioso mondongo, el suculento pernil, el picaresco pastelón, hasta el arroz con habichuelas que identifica a la cultura puertorriqueña con el resto de países latinoamericanos, es la cultura la que ha hecho grande y a fortalecido la presencia de Puerto Rico en Nueva York.
A pesar de que las estadísticas muestran que existen nuevas tendencias migratorias en esta ciudad, en ella quedan para la historia las bases establecidas para todos los latinos por la comunidad boricua, que ha tenido la sabiduría de valorar y preservar su historia, de promover sus talentos y que ha demostrado una gran apertura, calidad humana y generosidad con todos los latinos que han llegado a esta metrópoli.
Si de alguna manera se identifica a los puertorriqueños entre los latinos, es por su calidad humana, su solidaridad, su alegría y sentido auténtico de la hermandad, una hermandad nacida en esta ciudad por la discriminación y las barreras que enfrentaron los pioneros.
Que la celebración del Desfile Nacional Puertorriqueño sea la oportunidad para reflexionar sobre el importante legado cultural de esta nación que ha dado al mundo lo mejor de sí. La política es importante y en ese sentido Puerto Rico ha demostrado que los latinos podemos ser capaces de llegar muy lejos, para ello nos han enseñado entre otras cosas, la importancia de aprender y dominar el idioma Inglés, de compartir y convivir con una cultura diferente, sin imposiciones y sin humillaciones.
La comunidad puertorriqueña debe reflexionar sobre la importancia, ante todo, de mantener esa dirección guiada a la luz de la cultura y las artes, sin debatirse en la mezquindad que promueve la codicia y las calculaciones personales.
El trabajo y los nuevos retos que enfrentan todas las comunidades latinas, convierte automáticamente a los puertorriqueños en líderes y guías, en inspiradores y consejeros, en visionarios que comprenden la importancia de prepararse para un nuevo mundo, altamente tecnificado y con un acelerado proceso de sofisticación y mayores exigencias a nivel profesional y académico, pero ante todo un mundo globalizado, en donde los latinoamericanos nos vemos abocados a unirnos o a perecer.
Cada momento del tiempo histórico tiene sus retos, pero todos ellos tienen una recompensa, registrarse como promotores del desarrollo, como bien lo han hecho y establecido los pioneros puertorriqueños de Nueva York, a donde introdujeron la cultura latina, o quedarse rezagados como mezquinos y avarientos negociantes, en las páginas oscuras de la historia.


























