
El Teatro TEBA y su ocurrente director, Héctor Luis Rivera, se las ingeniaron de no pasar desapercibidos en el activo programa del nuevo Broadway Black Box Theater, en el Segundo Piso de 4111 Broadway entre las intersecciones de la 173 y 174.
Es, además, un lugar muy selecto que cada fin de semana congrega a muchos entusiastas del teatro en español de Nueva York, y donde la comunidad dominicana – una de las últimas en acercarse al teatro en español de esta ciudad-- parece no darse pausa.
Bajo el sugestivo nombre de “Nadís”, Rivera reunió tres obritas cortas de José Antonio Pichardo, del tal llamado “teatro del horror o desgarro” o diríamos “teatro de los lamentos”, reconocido ya como movimiento teatral, donde el final es señalado con un desgarrador lamento por parte de protagonistas.
Los tres cuentos terminaron así, con gritos y quejidos muy convincentes y viscerales.
Eso sí, los que estaban en primera fila salieron muy desalentados, no del desgarro sino del aturdimiento.
Lo bonito de estas tres obritas es que –como en el cuento corto- reinó la síntesis en los sumamente entretenidos diálogos.
En la primera, “El mundo inverso al sótano”, que escasamente duró menos de media hora, hubo una trama que reunió a dos personas en una oscura relación donde un detenido como presunto criminal resultó acusado de un crimen que la misma autora se presentó a confesarle su autoría; con un final inusitado y desgarrador.
Y aquí, el cierre con desgarro gutural y agudo terminó en un trío donde hasta el guardia de la prisión se unió.
La segunda “Los oscuros espejos” fue más romántica.
Una pareja de jóvenes se encuentra en el parque de un sanatorio psiquiátrico.
El joven se prenda de la damita y comienza a cortejarla; la damita se resiste porque su desquicio ya no le deja razonar ni para bien ni para mal.

Los dos se enfrentan. El con su afán de enamorarla; ella en su desquicio de rechazarlo debido a los fantasmas que moran en su mente.
La tercer obra corta “El infierno de mi ángel callado”se desarrolla en la elegante sala de recibo de una dama que acaba de casarse con un caballero prominente que la ama.
En el interín, aparece un ex enamorado de ella, con el cual habían gestado un niño.
Recién salido de la cárcel, el recién llegado empieza a abusar de la dama que no quiere saber más nada de él.
El intruso la ataca exigiéndole que le deje ver a su hijo.
Ella se resiste y se niega a seguir hablando; él la ataca nuevamente y en el rigor de la agresión, ella le confiesa que su hijo ha muerto a causa de la última paliza que le propinó antes de que los policías lo detuvieran y lo encarcelaran.
Desesperado, el hombre lanza un grito desgarrador al ver que la última esperanza de encontrar a su hijo se trunca con el horror de tamaña confesión.
Lo que se admira en este tipo de obras es la intensidad que debe poner cada actor para lograr ese ambiente de desesperación que debe subir las expectativas a un nivel del desplome total.
Y como era de esperarse, Héctor Luis Rivera reunió a un grupo de actores muy viscerales para lograr ese pathos que nos legara el teatro griego.
En la primera obrita, Yvette Quintero entró en escena y parándose casi en el medio del proscenio irradió una labor actoral de singular fuerza.
Tanto sus silencios como las pausas que aplicaba a sus parlamentos fueron de una efectividad exquisita.
Inquieto y desconcertado, el preso personificado por el actor J. L. Mahoof la rechaza como una indeseable intrusa en su celda.
Y allí se va produciendo esa fuerza que traerá la inusitada sorpresa.
La intrusa visitante le anuncia al preso que viene a liberarlo y a tomar su lugar como la verdadera asesina del crimen que él está purgando.

En la segunda obrita, la actriz Yanet Betances logró interpretar a una joven esquiva y confundida.
Por otro lado, Emir Cruz nos personifica un joven enamorado que termina desgarrado al conocer la pura realidad de la locura de su presunta enamorada.
La tercer obrita reúne a dos actores de mucha tabla.
Ella, Angela Artunduaga, nos crea una dama que lucha a muerte para zafarse de una antigua y malsana relación.
No pierde en ningún momento su calidad escénica frente al ex enamorado que Juan Manuel Sanabria interpreta con mucha fuerza al comienzo, para decaer y enajenarse de dolor ante la realidad de haber matado a su propio hijo con su violencia.
Dos actuaciones muy bien logradas, sobre todo tratándose de un género donde la rapidez y la fuerza teatral juegan elementos muy opuestos.
La dirección de Rivera fue acertada.
Supo llevar a los actores a esa dimensión que fue in crescendo hasta alcanzar la planicie de la desesperación.
Las luces y el sonido manejados por George Riverón arroparon con mucha sutileza las escenificaciones, cuidando de no perturbarlas.
Los vestuarios provistos por el elenco lucieron adecuados y efectivos.
Fue una producción muy novedosa, ya que se trajo a exhibir una muestra del teatro del horror, a manera de valiosa muestra de este movimiento ya casi olvidado.


























