
Sobre un libro de Gabriel Campana, "My Way" fue una producción muy especial producida por su protagonista, el pujante actor Tony Rodríguez para mostrar una vida vivida a entera satisfacción y placer del que la vivió, sin contemplar ninguna opinión ajena ni ceñirse a cánones que le impidieran lo que le reclamaba su ego.
Se estrenó el 8 de octubre de 2014, a escasos meses de la desaparición de su protagonista en la vida real: Ricardo Fort.
La obra fue expuesta en el Roy Arias Theatre, Times Square Arts Center en Nueva York.
Hablada en español, con subtítulos en inglés, los dos primeros días atrajo mucho público anglo.
El elenco fue compuesto de actores del movimiento de Teatro en Español (TeE) siendo ellos Tony Rodríguez, Claudio Weisz, Edward Azcorra, Caridad del Valle, Stalin Cando, Colón Holguín y el argentino Juan Villareal.
La dirección estuvo a cargo de Rubén Darío Cruz, II, un hombre de teatro y artes visuales, galardonado en Mar del Plata por su montaje en multimedia de “Deportada del Paraíso”.
Las presentaciones fueron del 8 al 11 de octubre, 2014, a una cuadra y media de Times Square.
En su desmedida existencia Ricardo Fort probó hacer lo que le vino en mente.
Fue modelo, actor, trató de ser presentador de TV. Produjo varios espectáculos como Fortuna (2010), Fortuna 2 (2011), Mi novio, mi novia y yo (2012), Fort con caviar (2012).
Se preocupó con total vehemencia de su aspecto físico con connotaciones que rayaban en lo inverosímil.
Cambiaba de look caprichosamente.
Cubría su cuerpo de tatuajes y su afán por la fama no tuvo límites.
Se nutrió de una fanaticada activa y fiel que le alimentó su ego y lo acompañó apoyándolo en sus veleidades.
En la obra el autor Gabriel Campana lo sitúa en la habitación de un sanatorio donde lo rodean amigos frívolos, adulones que le tienen más temor que respeto.
La acción comienza cuando a viva voz recorre su vida evocando sus deseos, sus sueños, sus hijos que logra tenerlos alquilando un vientre.
De repente en el diálogo constante y enunciativo, surge su gran drama emocional; su implacable enemistad con su padre y sus hermanos.
Ricardo tuvo desde niño una fijación con su madre, cantante de ópera y de la cual hereda por consiguiente su divismo.
Pero su padre, que estaba en desacuerdo con su orientación sexual, le reclamaba su comportamiento azaroso, su desmesurada opción por derrochar sin medida su dinero heredado y su falta de cordura.
Aturdido por su afán de conquistar la fama y luego mantenerla, hace caso omiso a los reclamos familiares y se vuelca de lleno a su carrera artística y luego a disfrutar de “su verdadera familia”, sus dos hijos mellizos.
Se hacen menciones breves sobre sus producciones y su participación como juez en un renombrado “reality show” donde el divo pudo ejercer cierto protagonismo.
Poco se dice de su programa televisivo en el cual funge de presentador.
Con todo, Gabriel Campana logra construir un ambiente caótico en el primer acto, aprovechando además para dibujar la vida azarosa que llevaba Fort y su desmedida atracción por la admiración de su fanaticada.
Como lo adelantáramos, todo se desarrolla en el sanatorio donde el actor fallece a raíz de un paro cardíaco durante una de las tantas intervenciones quirúrgicas a las que se sometiera sin tregua durante su corta y azarosa vida.
El personaje central fue rodeado en la obra de personajes desdibujados y faltos de esencia teatral pero que ayudaron mucho en la dinámica del caos.
Se detuvo sí en el personaje del enfermero que lo atiende en el sanatorio.
Entra a la habitación y logra un cierto vínculo con el paciente, hasta el punto que éste último trata en vano de seducirlo.
Pero al final el autor recurre al realismo mágico para el desenlace y enfrenta al personaje central, ya en otra dimensión, a un diálogo con su difunto padre.
Es allí donde Campana logra el conflicto para alcanzar ese efecto dramático necesario para salirse de la presentación de personajes y problemas y entrar de lleno en el conflicto para lograr un fin convincente.
Recurre a esa relación ineludible de padre e hijo que el divo debe aceptar y por fin, ceder y poner a un lado su ego.
El final es alentador, en una obra en que cada uno de los participantes exhibe sus mejores dotes teatrales para salir ilesos de un libro que poco tuvo que decir, pero mucho que insinuar.
El director neorriqueño Rubén Darío Cruz, II, fue muy efectivo en lograr que las insinuaciones sepultadas en un texto poco teatral pudieran salir al aire.
Se ocupó muy bien de su pupilo No. 1, el actor protagonista, Tony Rodríguez y dejó que el resto contribuyera al caos necesario para arropar a un paciente desfalleciente que conocía muy poco de esa paz interior tan necesaria en tamaño desenlace.
Tony Rodríguez recurre a la actuación frívola, desmedida a ratos, para transmitir ese desorden emocional que reinaba en la mente de Ricardo Fort, el niño malcriado por su madre, que no logra sobresalir en ninguna expresión a la que se dedica y termina en un desenfreno que lo va destruyendo emocional y físicamente hasta el final.
Claudio Weisz en el papel del enfermero cumplió con su trabajo, aunque poco pudo crear en un personaje que estaba condenado a no integrarse y a rellenar un mero momento.
Lo mismo le pasó al resto del elenco de amigos y adulones, aunque Caridad del Valle se las ingenió en crearle cierta participación al papel de la asistente adulona.
Juan Villareal, en el papel del padre, sí pudo llegar a un climax teatral y lograr con Tony Rodríguez ese vigor escénico que necesita todo final.
The Way perdió una gran oportunidad de ocuparse del verdadero problema de la vida de Ricardo Fort, la violencia doméstica tan denunciada hoy.
Fort sufrió desde muy joven esa violencia con un padre evidentemente homofóbico, en una época en que la ciudad autónoma de Buenos Aires iniciaba en América el movimiento de adoptar el matrimonio del mismo sexo, mientras que el resto del hemisferio permanecía silencioso e indeciso.
Sería edificante que alguna otra pluma creativa señalara este problema y su entorno con más detenimiento.


























