
En el campamento que habían montado los estudiantes dentro del campus de la Universidad de California en Los Ángeles, de repente la ginecóloga y obstetra residente Elaine Chan se sintió como una médica en un campo de batalla.
La policía avanzó hacia el campamento luego de horas de enfrentamiento y tensión.
Chan, de 31 años, voluntaria en el puesto de atención médica, dijo que los manifestantes llegaban con dificultades para caminar y con graves heridas punzantes. Pero, por el caos que reinaba afuera, había pocas posibilidades de trasladarlos a un hospital donde se les pudiera brindar otro tipo de cuidados.
Chan expresó su sospecha de que esas lesiones habían sido causadas por balas de goma u otros proyectiles “menos letales”. Después del desalojo del campamento, la policía confirmó que había usado estos dispositivos.
“Los proyectiles atravesaron la piel y se clavaron profundamente en el cuerpo de las personas”, explicó Chan. “Todos sangraban profusamente. Los médicos que nos especializamos en obstetricia y ginecología no hemos sido capacitados para atender heridos por balas de goma… No podía creer que se permitiera atacar de ese modo a civiles, a estudiantes, que tenían ningún equipo de protección”.

La protesta de la UCLA, que reunió a miles de personas que se oponen a los continuos bombardeos de Israel sobre la Franja de Gaza, comenzó en abril y alcanzó un peligroso crescendo en mayo, cuando manifestantes pro Israel y la policía se enfrentaron a los activistas y a los que los apoyaban.
En entrevistas con KFF Health News, Chan y otros tres médicos voluntarios describieron cómo debieron atender a manifestantes con heridas sangrantes, lesiones en la cabeza y huesos presuntamente fracturados en una clínica improvisada en tiendas de campaña, sin electricidad ni agua corriente.
En los puestos sanitarios del campamento hubo día y noche médicos, enfermeras, estudiantes de medicina, paramédicos y voluntarios sin formación médica formal.
En muchos momentos, la escalada de la violencia fuera de la carpa sanitaria fue de tal magnitud que impedía que los manifestantes heridos llegaran hasta las ambulancias, explicaron los médicos. Esto obligó a que los heridos fueran caminando por sus propios medios hasta algún hospital cercano. A otros los llevaron más allá de los límites de la protesta para trasladarlos a una sala de emergencias.































