
El futuro inmediato de las dictaduras que todavía lastran Latinoamérica y el Caribe está ligado a la coyuntura electoral de Estados Unidos. Por una parte, tenemos al presidente Trump intentando hacerse con la reelección en medio de una pandemia pobremente manejada, y por otra al menos que ideal candidato demócrata Joe Biden, en medio de un entorno altamente polarizado y con una profunda crisis de liderazgo tanto nacional como internacionalmente.
Pero ¿qué podría suceder con la política exterior de la administración Trump en los próximos meses en su relación con las dictaduras de Caracas, La Habana y Managua?
Venezuela
Venezuela sirve como pivote geopolítico para los regímenes cubano y nicaragüense, y en el panorama actual en el que la reelección de Trump no tiene buenas probabilidades de ocurrir, la administración podría implementar algunas opciones para congraciarse con el electorado latino -California (39% población hispana), Florida (25%) y Texas (39%) concentran la mayor cantidad de votos electorales de la unión americana- particularmente escalando su política exterior contra las dictaduras de la región.
El presidente Trump intenta escalar sus acciones contra el régimen de Nicolás Maduro -después de todo Venezuela sirve como “cabeza de playa” en la región para Rusia, Irán y China- sin embargo, como habría revelado el exasesor de seguridad nacional John Bolton, Trump percibe al presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, con un liderazgo debilitado y a Maduro como un líder fuerte, por ello la credibilidad de nuevas acciones tendría que ir más allá del “todas las opciones están sobre la mesa” y las grandiosidades que nunca suceden.
Por su lado, el candidato demócrata Joe Biden ha planteado que Venezuela en efecto se encuentra dominada por una dictadura, pero se ha mostrado reacio a tomar acciones directas para procurar un cambio de régimen en Venezuela. En su lugar plantea que Estados Unidos debería apoyar la celebración de un proceso electoral libre y transparente, aunque eso sea imposible con Maduro en el poder. Sin embargo, Biden no tiene necesidad de presentar una postura más elaborada sobre Venezuela, al menos por ahora.
Ciertamente el cerco internacional en torno al régimen de Maduro se va estrechando, pero poner precio a la cabeza de altos funcionarios chavistas y amenazar con impedir el abastecimiento de combustibles desde Irán no bastará para mejorar la perspectiva de reelección de Trump. Por ello, un curso de acción más creíble supondría la ejecución de acciones militares como un bloqueo total, o la organización de una fuerza de insurgencia contra la dictadura, especialmente considerando que el régimen ya anunció la celebración de elecciones parlamentarias en diciembre de 2020, con liderazgos de la oposición aceptables para Maduro.
La profunda crisis venezolana hace inviable la permanencia del régimen de Maduro en el largo plazo. Más del 80% de la población de Venezuela se encuentra en condición de pobreza, alrededor de 5 millones de venezolanos han huido por la crisis humanitaria (desabastecimiento de agua y electricidad, violencia criminal solo comparable con una situación de guerra, una tasa de desempleo que ronda 48%, e hiperinflación acumulada de 296% en lo que va de 2020, la cual seguramente se verá ampliamente incrementada con el reciente aumento al salario mínimo que aprobó el régimen), deflación de los precios internacionales del petróleo, incapacidad de producción suficiente de combustibles para el consumo interno y la pérdida de acceso a mil millones de dólares en reservas de oro que controlaba Maduro, a lo que se suma la crisis provocada por la pandemia de la COVID-19.
Es previsible que las elecciones de diciembre favorecerán la permanencia de Maduro y el PSUV en el poder, terminando fácticamente con el último bastión democrático en el país. En tal sentido, para Estados Unidos, y en particular para la administración Trump, lo que deba suceder con su política para Venezuela debe suceder antes de dichas elecciones, si todavía se contemplan opciones políticas. Luego de ese punto, la posibilidad de una salida no violenta se encontrará prácticamente fuera de toda realidad, a menos que el régimen colapse desde dentro de las fuerzas armadas, lo que al parecer no sucederá siendo que el general Vladimir Padrino López ha declarado que la derecha no será poder político nuevamente en Venezuela, indicando así su presunta determinación de “morir con las botas puestas”.
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Nicaragua
Nicaragua se encuentra en algo parecido a un escenario temprano de la situación en Venezuela. Indiscutiblemente se trata de una dictadura -en tanto que el FSLN detenta el poder ilegítimamente y que utiliza los servicios de seguridad (policía, inteligencia, ejército y hasta paramilitares) y a las instituciones públicas para perseguir y reprimir toda manifestación de grupos de la oposición. Sin embargo, el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua tiene una predilección por “estirar” su abanico de opciones. En tal sentido, mientras el régimen orteguista ya rebasó la línea de violencia masiva y violaciones a los derechos humanos, ha tratado de recuperar una cierta apariencia de normalidad en el país. Ha enfocado sus esfuerzos en mantener un balance entre su vocación autoritaria y algo de salud macroeconómica, en un esfuerzo por evitar los vicios tradicionales de los gobiernos de izquierda -financiamiento de deuda pública con emisión inorgánica de divisas y control de precios- y en su lugar ha seguido una lógica de permitir que las fuerzas y agentes económicos actúen con relativa libertad. Sin embargo, lo que suceda en Nicaragua solo tendría importancia en Washington en el contexto electoral nicaragüense de 2021. Por ahora, las posiciones de Trump y Biden no difieren mucho en el caso de Nicaragua.
Cuba
Tres factores coyunturales tienen al régimen cubano en aprietos en estos momentos, el endurecimiento de la política exterior de la administración Trump, la escasez de dólares y el dramático declive del turismo por la pandemia del COVID-19.
La Oficina de Control de Activos Extranjeros ha impuesto un límite para remesas de hasta mil dólares por trimestre para el envío a la isla caribeña. Elimina también restricciones para el envío de remesas a microempresarios fuera del control del régimen, y la prohibición de transacciones U-Turn.
El presidente cubano Miguel Díaz Canel ha hecho público el dramático descenso de dólares en la isla. A esto se suma la dependencia de importaciones, la balanza comercial negativa cubana que tiene un promedio de -8.7%, las importaciones respecto a porcentaje del PIB han declinado gradualmente en la última década, de 20.64% a 11,52%, según datos de 2019. Es decir, hay menos recursos para importar y las exportaciones han declinado, considerando que Venezuela es el principal socio comercial de Cuba.
Cuba tiene también un déficit fiscal por encima de 9% anual y un crecimiento económico promedio de 2%. Su dependencia de importaciones y del dólar llevaron al gobierno cubano a anunciar medidas de desgravación del dólar (que solía ser de 10%) y la implementación de lo que llaman Moneda Libremente Convertible (MLC). Esto en un contexto de prácticamente total paralización del turismo debido a la pandemia del COVID-19.
En este particular teatro, Trump y Biden difieren significativamente. Trump cree en la continuación de la política tradicional de asfixiar económicamente a la isla, mientras Biden estaría interesado en retornar a una estrategia al estilo Obama -es decir, de normalización de relaciones diplomáticas y reducción de las restricciones comerciales y financieras.
La opción obvia de Trump
Aunque las encuestas indican que el candidato demócrata Joe Biden es quien tiene mejores probabilidades de hacerse con la victoria electoral de noviembre, el presidente Trump todavía podría tomar algunas decisiones que potencialmente podrían favorecer su reelección en estados clave como Florida.
La opción por demás obvia sobre qué hacer con los regímenes autoritarios que aún perviven en la región, especialmente Venezuela que plantea el teatro más dramático de inestabilidad geopolítica regional. El estilo de hacer política del presidente Trump sugiere que tiende a tomar decisiones impulsivas, moldeadas por la consideración de poca información. De este modo, hablar de una opción tan obvia como escalar su política para Venezuela suena como un curso de acción predecible en la lógica del presidente Trump.
Hoy más que nunca la posibilidad de una acción que suponga el uso de la fuerza directa o indirectamente contra el régimen de Nicolás Maduro se encuentra a la vista. Sin embargo, considerando la bajísima eficacia de la administración Trump en política exterior, una potencial acción contra Maduro no necesariamente tendría suficiente eficacia para lograr el cambio de régimen, pero podría tener réditos de cara a las elecciones de noviembre.
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