Por Nilda M. Tapia
IMPACTO LATIN NEWS
Fotos por Michael Palma
Otro acierto del programa de becas Van Lier para directores jóvenes que sostiene el Teatro de Repertorio Español en su confortable local de la Calle 27 al este de Manhattan, fue la puesta de la obra “Fin de Semana” del dramaturgo peruano, Ramón Ribeyro, dirigida por el becado director Diego M. Chiri.
El estreno fue el pasado 24 de julio, 2014, al que concurrieron un vasto número de seguidores del teatro en español (TeE), movimiento que ya pronto cumplirá medio siglo en esta ciudad de habla inglesa.
La obra es concisa; transcurre en un fin de semana, pero Ribeyro lo aprovecha magistralmente para mostrar las desigualdades sociales que siguen comandando los comportamientos más sofisticados, no sólo del Perú, sino de toda la América con raíces hispánicas.
Dora, una dama de cierto rango social y su marido Hugo, arquitecto muy dedicado a su arquitectura, se van de fin de semana fuera de Lima, donde residen en una casona llena de verdor y bienestar ancestral.
Gustavo está entrenando a su futuro asistente, Pancho, un jovencito humilde que trata de escalar posiciones tanto laborales como sociales. Muestra gran interés en aprender a dibujar y ayudarle al arquitecto. Viendo este interés, Gustavo se anima a ofrecerle el pago de un colegio para que siga estudiando.
La llegada de la pareja al pueblo donde reside la familia de Dora es bienvenida por la niña Mariela, deseosa de esparcimiento, quien invita al jovencito Pancho a recorrer el campo y escalar el cerro donde se aloja el elegante club social del pueblo cuyo presidente es el tío de Dora, un señorón de grandes artimañas para borrar con el codo lo que la ley humana escribe con la mano y así lograr su cometido.
Todo transcurre muy normal, hasta que llega la mala noticia del accidente de Pancho. Y de aquí en más, la obra se encarga de describirnos cómo la sociedad de este pueblecito prefiere tapar la desgracia a como dé lugar, con tal de no arruinar la gran fiesta anual que prepara el club social esa misma noche.
Eric Robledo en una actuación sumamente real, nos encarna un Hugo protector, muy dedicado a su familia y a los seres que quiere amparar. En suma, un personaje humano pero sin ninguna arista que descolle; aunque Robledo lo humaniza con creces.
Natalia Miranda nos dibuja una Dora que se sale de toda razón humana con tal de amparar el bienestar pecuniario de su casa, con una actuación que sobresale. Ama a su marido pero entiende también sus debilidades y lo protege de éstas.
Luis Chuquiralao nos presenta un Pancho inquieto, pero muy compenetrado de sus deberes hacia su protector, Hugo.
La niña Valerie Rodríguez nos agranda la Mariella de Ribeyro en una niña dulce pero obstinada, con aires de querer manejar su propia batuta. Convence al pobre Pancho para llevárselo al paseo que ella quiere dar y que él va con reticencia.
Frank Robles nos personifica el típico tío influyente de los pueblos. Más convincente que autoritario. Con un trabajo muy sutil que Robles, con su acaudalada experiencia teatral, sabe consumar tanto en lo creativo como en lo real.
Tengo una mención especial del Gustavo encarnado por Andrés Sosa. Es un personaje oscuro, que viene a pintar de elegancia el hogar de Dora y Hugo y dotar de esa dosis de energía que decae en todo entorno de rutina. Es vano pero no superficial. Le gustan los deportes y la vida al aire libre; le atrae la elegancia en su apariencia.
Andrés Sosa también logra hacer de un personaje con poca influencia en el mensaje central, un elemento de atracción para la audiencia.
Diego M. Chiri logra con su dirección enfocar su tarea en cuidar el trabajo interior de cada personaje, extraerle a la obra de Julio Ramón Ribeyro toda esa subjetividad que acarrea el comportamiento de toda una sociedad que lidia con una diversidad étnica desde sus comienzos, como lo es la rancia sociedad pueblerina del Perú, en este caso.
Fue en la hermosa Lima donde el dominio español se asentó firmemente para defenderse del nuevo liberalismo de principios del XIX, enemigo devastador de las monarquías europeas. Y es en la Lima de hoy donde se palpan aún los vestigios de nuestro ancestro hispánico.
Pero esto no es lo único que brilló en esta dirección. El cuidado que le puso al poder de convencimiento, tanto de Dora como el de su tío, fueron otro gran logro de la batuta de Chiri.
“Fin de semana” es breve pero pinta de intensos verdes y sutiles claros evanescentes la conflictiva entre los que gozan del pastel y aquellos que sólo lo miran de lejos.
La interesante y sugestiva escenografía de Leni Méndez y Fernando Then, como la iluminación tan acertada de Eduardo Navas, trabajaron muy bien en pos de este gran logro. Es una obra con una gran queja.
Ojalá sirva para impulsar esa ola de renovación social con muchas promesas de igualdades pero con resultados archi lentos de obtener.































