Seguí una sesión del comité senatorial dedicado a esclarecer la responsabilidad de Donald Trump en el asalto al Congreso el 6 de enero del año de desgracia 2021.
La imagen se fue transformando lentamente en “La lección de anatomía”, el cuadro de Rembrandt. El cirujano que dirigía la ceremonia disecaba el cadáver, el resto, curioso, inclinaba la mirada mientras se saboreaban al aparecer las primeras gotas de responsabilidad del viejo cuerpo disecado.
Alguien traía grabaciones del pasado para ilustrar la operación, en una sala fría, grisácea, que abría sus ventanas al público para mostrar la ciencia de lo ya sabido: nos encontrábamos frente a la disección de un viejo autócrata desesperado por conservar el poder, repitiendo incansablemente, como todo autócrata perdedor, “me robaron”, febrilmente gritando “fraude”, la mente perdida fuera de toda lógica escapando de la realidad.
Intentaba robar el triunfo, primero por secretaría, “encontré valijas de votos, en las noches cambiaron los resultados, desde la Casa Blanca los vi entrar en punta de pie en Georgia, en Kansas, en Pensilvania”, y cual Hitler, el gran dictador de Chaplin, se abrazaba del mapa de Norteamérica en espera de las hordas, hordas sumadas en su mente a militares que le devolvieran el poder.
Nada nuevo en la lección del golpe de Estado; primero sacar las masas, luego tomar uno de los poderes del Estado, si posible sazonar el todo con el asesinato de un general, de una figura política, incluso con el asesinato de un aliado, ese Judas que lo traicionó, ese Brutus que le clavó un puñal envenenado en la espalda al no responder a su llamado. Esperando que tras erigirse en el elegido de Dios frente a una cruz, se restableciera el orden y pudiera aparecer el salvador, el nuevo Moisés salvado de las turbulentas aguas del fraude, el coloso mirando sobre la historia, el Todopoderoso entrando en la historia.
Nada nuevo, sabía que lo que pedía era ilegal, o quizás no lo sabía, en su mente enferma vivía entre tinieblas, se veía un nuevo Zar cambiando el rumbo de la historia.
Se podría alegar frente a la justicia que sufrió un momento de trastorno mental, que no era responsable de sus actos. Y como usted lo puede comprobar, señor juez, no ha cambiado, sigue viviendo en su mundo de fantasía.
Es contagioso, continuó el sabio doctor frente a la mesa de operaciones, el virus se transmite por la voz, por la palabra envenenada, por la repetición, por el miedo, por la ambición.
El sabio doctor Nicolaes Tulp entendió que era el momento de cerrar la ventana y seguir disecando el viejo cadáver.
Al avanzar hacia la ventana, un rayo cruzó la pantalla del televisor, y por ella vio a una dueña de casa que de lentos pasos se dirigía al supermercado temiendo ese día a día del subir de los precios, contando una y otra vez sus escuálidos pesos, temiendo que no le alcanzara para comprar lo de la semana.
En las sombras de los muros, bajo los puentes, nuevos sin techo, recién llegados que habiendo perdido sus casas por no poder pagar el arriendo, se sumaban al ejército de menesterosos que golpeada su dignidad esconden la cabeza entre las piernas y no se atreven a levantar la mirada al estirar la mano.
A los millones de sin papeles que esperan que la ventana se entreabra y les permita salir de las sombras.
A los que esperan poder estudiar, a los que, entre pesadillas, sueñan.
A los enfermos a quienes los avances de la ciencia cerraron sus puertas.
Sobre ellos la negra sombra del populismo —surgido de promesas incumplidas—, el hambre, la rabia, la decepción, enturbiaban el entendimiento.
Cerrando la ventana a la realidad, con doble pestillo, el honorable doctor Tulp regresó a la mesa del comité y con horror encontró que el viejo cadáver sonreía, se levantaba y echaba a andar rumbo al 2024.
* Escritor, poeta y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.



























