Kamala Harris y la farsa de la “nueva era”

La vicepresidenta, Kamala Harris, acaba de realizar su primer viaje al exterior: Guatemala y México, para buscar una solución al “problema” de la inmigración masiva hacia los Estados Unidos.

Pesada mochila la que le encargó Biden a la vicepresidenta, pesada y de no fácil solución, todo lo contrario.

La inmigración masiva hacia los Estados Unidos se arrastra de hace mucho tiempo, se agudiza por momentos, se ralentiza en otros, pero no se detiene.

En todo el mundo, todos los ojos y no pocas esperanzas, estaban puestos en Kamala Harris. En los Estados Unidos fijaban la mirada sobre quien puede ser nominada candidata a la presidencia. Su actuar sería indicativo de la política a seguir de un próximo gobierno.

En el triángulo centroamericano conformado por Guatemala, El Salvador y Honduras, en toda Latinoamérica se esperaba una señal de cambio.

En México, López Obrador esperaba una prueba de un cambio y que no se le pidiera, como en el anterior gobierno, ser el gendarme encargado de cuidar la frontera a cambio de prebendas económicas.

Habló Kamala de “una nueva era” deslizando que Estados Unidos era, es y sería el ejemplo de la democracia a seguir, el modelo de democracia en un mundo convulsionado.

Cuando habló de “una nueva era” confieso que me emocioné. Hay un cambio, me dije, sin embargo, al escucharla con detenimiento la decepción me embargó.

Olvida Kamala que una “nueva era” requiere que se refiera al pasado, que se asuman los crímenes cometidos, que se reconozcan las injusticias, las razones que condujeron a la actual situación.

No basta con pedir perdón, pero se debe pedir perdón, es un primer paso. No basta con hablar del apoyo que se dio a gobiernos corruptos en la región en beneficio de los sagrados “intereses americanos”, del apoyo a dictadores haciendo caso omiso de los crímenes contra la población.

Se necesita también hablar de la desigualdad económica imperante y de cómo las corporaciones norteamericanas se enriquecieron subidas en las espaldas curvadas de los campesinos centroamericanos, de cómo el sabor a las bananas tenía escondido un sabor a sudor y sangre.

De cómo se cometieron crímenes contra la naturaleza en función de la productividad para alimentar nuestras despensas o proporcionarnos el delicioso sabor a café en las mañanas, ese café pagado a centavos.

Una “nueva era”, vicepresidenta, necesita de un cambio y usted lo sabe, no basta con reconocer los crímenes del pasado y pedir perdón, como en los Estados Unidos, por ejemplo, no basta con hablar del esclavismo, hay que reconocer que existe una reparación histórica a pagar, un vacío a llenar, lo otro es hipocresía.

En cuanto a la inmigración, no basta con decir vamos a enfrentar el “problema”. Se requiere tomar medidas para dar solución clara a los once millones de sin papeles que día a día, para nuestro bienestar, trabajan en nuestro país.

Se requiere reconocer el derecho al asilo, y facilitarlo, entender cuánto sufrimiento hay detrás, entender que la vida está en peligro, que la violencia marca para siempre al individuo.

Una “nueva era” necesita reconocer y compensar las injusticias del pasado. El erigirse en modelo mundial requiere la modestia de reconocer que no hay un modelo único, y que el nuestro deja mucho que desear, no es el peor, pero no es el mejor ni el único, ¡hay tanto que corregir!: la desigualdad, la corrupción, la violencia contra la mujer, la humillación del “otro”, el racismo, la discriminación, el desprecio, los asesinatos masivos, lacras que existen y vemos día tras día.

Hay que entender que debemos enfrentar nuestros demonios antes de demonizar a otros.

Cuando usted, señora Harris dice: “no se atrevan a venir, los prevengo, en la frontera los detendremos y serán devueltos” no es “una nueva era”, es la era del pasado, la prepotencia del pasado, la ley de la zanahoria y del garrote: te doy ayuda y si no haces lo que quiero, garrote contigo. Es amenazar, no convencer, es lo peor del pasado en labios del presente.

Las amenazas son patrimonio de la vieja era, la amenaza es contraproducente y no es solución.

Lo primero es lo primero: reconocer nuestra responsabilidad, reconocer que las condiciones de miseria fueron generadas en gran parte por la inhumana política de explotación de nuestras corporaciones, ávidas aves de rapiña sedientas de riqueza a no importa qué precio, incluyendo la explotación infantil.

Lo segundo, es pedir perdón. No es fácil reconocer las lágrimas en nuestras manos, la sangre en nuestras manos, las imágenes de niños raquíticos en nuestros ojos, la imagen de una hija abrazada al cuello de su padre ambos ahogados el intentar cruzar el Río Bravo. No es soportable ver jaulas que encierran niñas y niños separados de sus padres.

Lo tercero que la tan necesaria ayuda sea entendida, en parte, como compensación por el daño causado, como algo justo, no como la vieja política del hermano americano dadivoso ayudando a los pobres pueblos del sur, que se entienda que está destinada, en primer lugar, al desarrollo de los pueblos y no al beneficio de nuestra industria, que hay que construir una infraestructura que permita al pequeño propietario, a la cooperativa campesina sacar sus productos, aún así compitan con nosotros, y pagarles el precio justo, no para tener bienes a precio regalado.

Eso era la vieja era y esa vieja era conduce a que la gente se ponga en marcha y abandone su tierra, vieja política que permite que surjan aventuras populistas sean de derecha o de izquierda, que permite que incluso una dictadura se vea como una salida.

¿Por qué no?, se puede llegar a pensar, si una democracia como la que vivimos nos trae desigualdad, corrupción, si nos roba la esperanza y no nos deja otro camino que emprender una nueva marcha, pies descalzos, hacia la utopía cómo no tentarse y caer en las garras de un autócrata.

Una “nueva era” no es abrir la billetera para evitarnos un “problema”, una “nueva era” implica un cambio radical en las relaciones entre los países, reconocer que cada país es libre de elegir su propio camino.

Una “nueva era” implica hacer las reformas necesarias en casa si queremos ser ejemplo de justicia social, de lucha contra el fanatismo, contra la desigualdad. Una “nueva era” implica que respetemos los derechos humanos, aquí y allá, como debimos haberlo hecho en el pasado, como debemos hacerlo en el presente.

Una “nueva era” es derribar los muros y malas costumbres del pasado, es abrir la mente a nuevas ideas, esas que comienzan a germinar aquí y en Latinoamérica, aunque al precio del café de la mañana tengamos que añadir el precio de la dignidad humana.

* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE UU.

Kamala Harris afirma que México y EE.UU. están entrado en una "nueva era"

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