Por Enrique Ayala Mora PhD
Para la tradición hispanista conservadora, el doce de octubre es el “Día de la Raza” o de la “Hispanidad”. Se lo ha festejado como que con el inicio de la colonización comienza nuestra historia; exaltando la herencia del Quijote que trajo su lengua, religion, cultura; proclamando las características europeas, occidentales y cristianas de nuestra “raza”.
Para la tradición laica, en cierto modo opuesta a la conservadora, el “Descubrimiento de América” inicia el mestizaje, considerado como la base de la identidad latinoamericana. De allí que si bien se denuncian los excesos de la conquista y la explotación indígena, se rescata en cambio, el ser “latino” de quienes son racialmente mezclados, pero culturalmente europeos.
Para la España moderna, el doce de octubre ha sido cada vez menos la “hazaña de la cristiandad” y cada vez más la legitimidad de su ingreso a la Europa moderna. Se ha hablado menos de la “aventura de Indias” y más de la contribución española al ascenso europeo.
Para el mundo contemporáneo, el doce de octubre de 1492 fue el inicio de una nueva era a partir no solo de la comprobación de la redondez de la Tierra, sino de la ampliación del horizonte mediante el contacto con un nuevo continente, con inmensos recursos, cuya explotación y despojo produjeron, en buena parte, el crecimiento económico y el predomino de varios siglos.
Para los pueblos nativos de América, el doce de octubre llega en medio de una realidad de creciente empobrecimiento y de lucha por el rescate de su identidad. Por ello no puede ser motivo de fiesta. Ha sido más bien ocasión para destacar más de quinientos años de resistencia a la agresión y despojo iniciales y a una realidad cotidiana de discrimen, opresión, genocidio y explotación que dura hasta hoy.
Este doce de octubre es una conmemoración múltiple asumida de diversas maneras. Pero evidentemente conmemorar no es celebrar; reconocer la importancia de un hecho no es festejarlo. Y los latinoamericanos no tenemos ocasión ninguna para celebración o festejo. Primero porque nadie podría hacer fiesta en el aniversario del comienzo del saqueo y la opresión de pueblos aborígenes que son antecesores directos de grandes grupos de latinoamericanos e indígenas que tienen su identidad propia y no quieren ser absorbidos por el “mestizaje”.
Este aniversario no debería ser solo la ocasión para reconocer la injusticia pasada y presente de que los indígenas han sido objeto, sino oportunidad para aceptar que ellos tienen identidad propia, derechos como pueblos, como nacionalidades. Debemos reconocer que nuestros países no son homogéneamente “criollos” o “mestizos”, sino heterogéneos pluriétnicos y plurinacionales.
En nuestros países no hay solo una forma nacional mestiza dominante, sino también nacionalidades indígenas de raíz aborigen, que se han consolidado y definido en la resistencia. Y el reconocerlo es un acto de justicia con los indígenas y una necesidad de la sociedad toda para reconocerse en su realidad rica y plural.
Más allá de actos formales, debe expresarse una voluntad de reconocer demandas reales de los indígenas sobre la promoción de su cultura, el reconocimiento de su autodeterminación y la aceptación de los reclamos justos sobre la tierra que el Estado les ha negado sistemáticamente. La conmemoración del 12 de octubre es un motivo de amplia convocatoria a la resistencia de los pueblos latinoamericanos víctimas del subdesarrollo y la explotación, presentes, para recobrar nuestras auténticas raíces nacionales en la diversidad y la unidad profundizadas por la experiencia histórica común, la pobreza y la lucha.


























