
La señora Lorraine Cortés-Vázquez, presidenta del Desfile Nacional Puertorriqueño, metió la pata cuando aceptó ‘alguien’ (si no fue ella) le propusiera honrar como ‘Prócer de la Libertad’ a Oscar López Rivera.
Ese ‘alguien’ fue o fueron personajes de mucho mayor poder decisivo y/o político que ella, que la embarcaron en el más grande fiasco que ha ocurrido en la historia del Desfile boricua.
Por momentos Lorraine Cortés dio la impresión la habían dejado como frágil canoa sin remos ni motor en medio de un mar embravecido saturado de tiburones.
Mientras tanto, los políticos que la llevaron a dicha responsabilidad, desde la orilla, seguros, se esmeraron todos los días de mayo 2017 en discursear, tuitear y prender los boicots desde Facebook.
Melissa Mark-Viverito, responsable mayor de este aquelarre, virtualmente le tiró (sin decirlo) toda la responsabilidad a Cortés-Vázquez, y peor que ella no atinó a deslindar posiciones con claridad.
Más bien, su comunicado que emitió a nombre da la junta del desfile, fue tibio y complaciente con todos.
De esta forma hasta el alcalde Bill de Blasio se creyó con derecho -al final- de cuestionar el homenaje al independentista puertorriqueño.
No recuerdo que Lorraine Cortés haya vivido un vendaval de esta magnitud cuando estuvo (enchufada por Luis Miranda) liderando la Federación Hispana, como tampoco cuando encabezó ASPIRA, o como ex secretaria de Estado de Nueva York (en la gestión de David Peterson).
Ni menos cuando en esa posición, recibió la renuncia como senadora de Hillary Clinton cuando asumió el cargo de secretaria de Estado en la administración de Barack Obama. Lo peor, esperemos, ya haya pasado.
Ya la leche se derramó y es o debe ser otro tiempo, sin políticos ni politiqueros.


























