“Bienvenidos a mi mundo”, dijeron arrogantemente los dirigentes, cerrando la puerta.
“Confíen”, dijeron, minando la confianza.
Confiemos los unos y los otros: separemos la paja del trigo, lo social de lo que se ve, se palpa, se puede mostrar: la infraestructura.
Más adelante veremos el costo, no el costo social, el costo monetario de lo social, y confiemos en que algunos moderados votarán por dar algo, algo, para asegurar los votos, no la vida amable en una sociedad amable. En la sociedad actual prima el voto, no el votante.
En las sombras de la noche la vieja política salió a recorrer los caminos en carroza de oro por los barrios de la elite, con vergüenza, sin mostrar la cara en los barrios populares, dejando caer sucio alquitrán para tapar los hoyos que hicieron corcovear a la vieja carroza.
Se durmió mejor en cierto mundo, se enfrió el alma en otro.
Se votó, no por la justicia social, se votó para el acarreo de votos, se votó por el miedo de algunos a perder “su mundo”.
Se votó por un “eventual apoyo” a lo social “dependiendo de su impacto fiscal”, “de que esté financiado”.
Y no puedo impedirme de pensar que para ello se debe tocar el bolsillo de los que acaparan la riqueza, de los que esconden miles de miles de millones en los paraísos fiscales, del capital que se mueve sin vergüenza por sobre las fronteras; tocar esas ganancias que no pagan impuestos por lo que se esconden bajo las leyes por ellos pagadas para protegerse.
Se debe tocar ese mundo en el cual el dinero y la política se coluden, el mundo de la desigualdad, la frialdad, ese mundo que cierra sus puertas.
Dos mundos se confrontan, y en mi mundo, aquel que sueña con una sociedad más justa, más amable, perdimos.
Lo que viene son huecos y desgastados discursos triunfalistas y en ellos no confío.
* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.
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