Por Armando Bermudez
Impacto Latin News

La lucha de Carlos Caballero no sólo fue en contra del cáncer linfático que hace cinco años atrás empezó a corroer su cuerpo, sino –después- por la consecución de un hígado que pudiera librarlo de la muerte.
Caballero, natural de Paramonga, en el norte del Perú dedicó su vida en los Estados Unidos a orientar a los recién llegados, a los indocumentados, a los pobres, en la Iglesia Luterana Cristo y San Juan de West New York, en New Jersey.
Muchos inmigrantes extraviados encontraron orientación precisa de su parte, y también muchas familias necesitadas consiguieron alimentos para poder subsistir gracias a Caballero. En muchas jornadas semanales y mensuales fuimos testigos de su entrega por el prójimo y su afán de dar un mendrugo a ancianos y familias sin garete llena de niños.
Él era el motor organizativo comunitario de dicha iglesia, y por él la alcaldía de WNY estando en el timón municipal el alcalde Sal Vega, ayudó en distintas obras que finalmente sólo servían a la comunidad.
Pero lo que pinta de cuerpo entero a Carlos Caballero es que él era indocumentado. Hizo mucho por los demás, pero no pudo conseguir la residencia para sí mismo. Todo lo poco que tenía era para ayudar a sus hijas que tenía en el Perú, y las sacó adelante y ahora son profesionales.
Hace dos años atrás él se alejó de la congregación donde tanto sirvió por los demás, porque no aceptó una rebaja en su salario y menos horas de trabajo. El era un rebelde contra la injusticia, y los jerarcas luteranos poco hicieron por ayudarlo a pesar que en esos momentos él batallaba frontalmente en contra del cáncer.
Le dieron la espalda. Fueron múltiples las veces que Carlos iba y venía del Hospital Universitario de Newark o el Hackensack Hospital para que lo trataran de emergencia. Su vida se consumía todas las semanas, pero él seguía estoico.
Carlos Caballero tenía el precedente de haber sido dirigente sindical en el Complejo de Paramonga, y fue un obstinado luchador en contra de los abusos que sucedieron durante la privatización que dirigió y virtualmente regaló el presidente Alberto Fujimori.
En esa época un grupo de peruanos que discrepaban del ordenamiento que se había impuesto –Fujimori cerró el congreso peruano-, entre los que estaba Caballero, salió de su país y se quedó en Estados Unidos.
Sin dinero, Caballero encima padeció de una catarata que virtualmente lo dejó sin ver. Salía virtualmente a ciegas a hacerse sus chequeos, pero gracias a la mano del Club de Leones Cubano del condado de Hudson, se pudo operar y tenía esperanzas que ahora tenía todo listo para conseguir el hígado que ya flaqueaba y lo hinchaba periódicamente.
Caballero necesitaba un hígado para poder vivir, ya que el Hospital Universitario de Newark le había dado pocas esperanzas de vida sino se hacía dicho procedimiento.
El quid fue que el hospital le pidió como garantía (bank scrow account) $30 mil dólares para iniciar el proceso, y él no los tenía. Carlos Caballero se movilizó para organizar recaudaciones de fondos por su propia vida: hizo parrilladas, polladas, shows musicales, pero no pudo alcanzar la cifra de dólares que podría salvarlo.
Carlos Caballero, nacido el 7 de junio de 1954, murió el 27 de marzo en el Hospital Universitario de Newark. Fue uno de los indocumentados más heroicos que se hayan visto en los pasados 24 años. Su cuerpo será enviado a su país en los próximos días.



























