
¿Qué representatividad tiene el alcalde de la ciudad de Nueva York, o el resto de autoridades elegidas con un porcentaje que bordea la inverisimilitud?
Nuestro país que ayer se ufanaba de ser ejemplo de democracia mundial, tal vez no lo sea más. Si la democracia se entiende como el gobierno del pueblo o de la mayoría, esto no viene ocurriendo a menudo.
En la pasada elección a la alcaldía de la ciudad de Nueva York, 76 por ciento de los electores no salieron a votar. La suerte de la alcaldía se definió con la participación de solo el 24 por ciento del total de electores.
O sea, una re-contra-mayoría de votantes ignoró a los postulantes a alcaldía a repetir el plato (de Blasio) o aspirantes a degustar las bondades del majestuoso sillón mayor de la urbe (Malliotakis, entre otros).
Y, de esa pequeña minoría (24 por ciento), de Blasio obtuvo 726,361 votos (66.5 por ciento). Y Nicole Malliotakis 303,742 o 27.8 por ciento.
En total salieron a votar 1,092, 746 ciudadanos, e ignoraron el llamado y se quedaron en sus casas, continuaron trabajando sin pausa, o siguieron estudiando, mas de tres millones de personas aptas para votar a plenitud.
Entonces, ¿Qué representatividad tiene el alcalde o el resto de autoridades elegidas con un porcentaje que bordea la inverisimilitud? ¿Tienen en verdad don de mando, se sienten autorizados moralmente cuando no han sido elegidos por la mayoría de la población?
La definición clásica de democracia es el gobierno del pueblo o de la mayoría. La excepción en el pasado solo ocurrió en la democracia ateniense donde solo el 10 por ciento participaba y dejaba afuera a la mayoría de los trabajadores, mujeres, campesinos y esclavos. ¿Estamos en ese camino regresivo?



























