El panorama se oscurece en América, tras la tempestad vino la calma, tras la calma se anuncia una nueva tormenta, hay cosas que no cambian.
Estuvimos a punto de derrotar la pandemia, la vida se acurrucaba en nuestros brazos, pero no tomamos en cuenta a los recalcitrantes; rechazaron la vida, cerraron sus brazos y sus mentes, hoy la muerte se acurruca en sus brazos.
Gracias a ellos hoy, tras la calma, se anuncia una nueva tormenta, hay cosas que no cambian, y la culpa no es de ellos, no se les dieron los elementos necesarios para pensar, para mirar por el microscopio y no por el traicionero caleidoscopio de la ignorancia.
Un gobernador recalcitrante clama ser víctima de una injusticia, de una mala interpretación de sus gestos paternales, pero, de todos era sabido que amaba manosear a sus jóvenes subordinadas.
Las manos amables del gobernador recalcitrante se deslizaban sobre sus cuerpos, las exploraba, las restregaba, las hurgaba en sus sexos. El gobernador recalcitrante ejercía su poderío, ¿quién se atrevería oponerse a sus caricias?, ¿quién se atrevería a hablar? El poder amordaza, en los palacios de gobierno, el poder acorrala a sus víctimas contra las pesadas puertas de madera, las puertas del silencio, las puertas del secreto.
El poder recalcitrante se pensaba inmune, sabía que todos sabían, sabía que todos callaban, sabía que el poder atemoriza –si se cae en desgracia no se come, se cierran las puertas–, sabía que sus amigos lo defenderían.
Hasta que un día, una habló, por sobre su vergüenza, habló, había sido violada, violada en cuerpo y pensamiento. Habló de cómo se sintió humillada y ensuciada por las paternales y amistosas caricias del gobernador recalcitrante, de cómo en las noches sentía sus dedos pasear por su cuerpo. Una voz fueron once voces y once hablaron, once vestales lavaron la afrenta, con orgullo y valentía denunciaron; sacerdotisas de la dignidad, se opusieron al poder.
Fue tanto el escándalo que los antiguos aliados dieron la espalda al gobernador recalcitrante, los aliados se exculparon, cuando a decir verdad en los dedos del gobernador acariciando sus subordinadas se encontraban sus propios dedos, fariseos que escondidos tras los cortinajes del poder eran mudos testigos de las afrentas.
El gobernador recalcitrante se defiende, los otrora sus amigos piden su cabeza, sin cabeza no hay ofensa, todo regresa al orden, caricias paternales, expresión de la amabilidad del poder establecido; los hombros nos pertenecen, los brazos nos pertenecen, los senos nos pertenecen, los sexos nos pertenecen, sus labios nos pertenecen, somos el poder, tras una puerta o bajo un escritorio, en un palacio de gobierno o en un capitolio, en una universidad, ¡somos el poder!, y, ¿quién se atreverá a contradecirnos?, clama el poder recalcitrante.
Fueron once, fue una, hoy son miles, un movimiento.
Mientras la peste nuevamente avanza, y un gobernador recalcitrante tiembla, nosotros regresamos a la normalidad, pasó la tormenta política, pasó el temor de que se rompa la institucionalidad, que se caiga en los brazos de un gobierno autocrático, en los brazos de un autócrata.
Y como dijera Quevedo, entre los brazos de un autócrata y el poder del dinero, escoja mi pueblo, escoja.
Regresamos a la normalidad, el dinero cayó como un diluvio en Ohio, en Ohio se jugaba lo que podría ser el destino de América.
A un lado, queridos espectadores, en el bando demócrata, se juegan dos posibilidades: una candidata progresista y una candidata del establishment, en los primeros momentos avanza la progresista, ¿será ese el futuro, el progresismo?, ¿nos enfrentamos a un cambio, un cambio dentro del bipartidismo, un cambio en nuestra sociedad?
¡Qué suspenso!, se puede esperar un cambio, la balanza se inclina peligrosamente hacia un cambio, pero, momento, no se contó con el poder del establishment, el poder del dinero, políticos recalcitrantes han caído sobre el electorado, el dinero cayó sobre Ohio, la carrera cambió de curso y triunfó... el inmovilismo, el dinero compró la tranquilidad. El establishment nuevamente triunfó.
En el bando contrario, el republicano, once contendores, viejos políticos recalcitrantes, y un desconocido, sin gran experiencia. Pero aparece en las tinieblas de la noche el rey Midas. Trump regresa arrojando bendiciones y gana terreno, su potrillo gana indicando que el pasado no está muerto.
Amanece sobre los Estados Unidos, regresamos al tiempo de las máscaras, pero al mismo tiempo regresamos a la lucha por la vida, la batalla no está perdida, una mujer nuevamente dice no y esta vez los que intentan ultrajarla saben que no tienen impunidad.
La batalla no está perdida, en otro lugar, frente al secreto de las urnas, nuevamente tendremos la oportunidad de elegir y hacer batir en retirada a los recalcitrantes y al dinero, la batalla por la equidad, por un futuro que nos sonría a todos, a todas, a todes, no está perdida.
* Escritor y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.


























