
Por momentos, Bill de Blasio parece haber saltado de garrocha 24 años de historia de la ciudad de Nueva York.
Y da la sensación estamos en la continuación de la administración que dejó el alcalde David Dinkins en 1993, que de su predecesor Michael Bloomberg hace dos años.
Dinkins marcó una época histórica (al ser el primer alcalde negro de la Gran Manzana), pero a pesar de su significativo discurso social no afrontó con severidad los graves problemas sociales que entonces padecía la ciudad.
De Blasio tiene la oportunidad histórica de que la defensa de los derechos sindicales (como en su momento hizo Dinkins con la Union 1199 entonces liderada por Dennis Rivera), tenga coherencia con la solución de la angustiante situación de centenares de miles de personas que viven los refugios o ‘shelters’.
De Blasio no los ha resuelto y ha hecho miles de vagabundos inunden estaciones del subway y otros edificios públicos.
Es más, podría acelerar la agudización de esta situación el recortar los servicios de cuidado de niños (childcare) en los refugios a solo 10 horas semanales, como tiene proyectado hacer.
En el periodo de Dinkins no se combatió con severidad el crimen, y se dejó pasar Queens se convirtiese en el paraíso de los narcos (y aunque Ed Koch, predecesor suyo señalaba entonces que él solucionaba el problema del narcotráfico “bombardeando Medellín” (sic) ambos dejaron la ciudad en caos), y los tecatos abundaban por todos sitios, aunque con mayor abundancia en los olvidados barrios de El Bronx, Harlem y alto Manhattan.
De Blasio tiene buenas intenciones, pero mucho de su discurso retórico parece envoltura de chocolate.



























